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15 dic. 2014

MI MONTAÑA - Por Eduardo Juan Salleras



Un lugar especial
MI MONTAÑA
Por Eduardo Juan Salleras, 10 de diciembre de 2014.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente


Salimos el 4 de diciembre a las 11.30 de la mañana hacia el oeste por la ruta nacional 7.

Hacía ya mucho calor. El aire acondicionado del auto disimulaba, excepto cuando paramos a cargar nafta. Fue en Vicuña Maquena. Pensé en volver a hacerlo pasando Ciudad de San Luis. No encontré, posteriormente, ni una sola estación de servicio, entonces, en el último tramo apagué el frío para que gaste menos combustible.

Íbamos mi mujer, mi cuñado y yo.

Bueno, abramos las ventanas – propuesta general - pero claro, parecía que nos inyectaban desde afuera aire caliente con un secador de pelo. Quizá mejor es presurizarnos, discutimos. Fue muy duro hasta llegar a un Automóvil Club en La Paz.

Por fin llegamos a Ciudad de Mendoza.

¡Qué horror el calor que hacía!

Ya noche, salimos a comer algo. Desde luego buscando sí o sí algún restaurante con aire acondicionado porque persistía la alta temperatura y el ahogo. Y enseguida a la habitación a descansar y gozar del fresco artificial. Algunos lugareños comentaban que estaba soplando el viento Zonda, pero otros, decían que no.

Por la mañana, tranquilos, iniciamos lo que debería ser una jornada de paseo llegando hasta Uspallata y volver.

Al pasar por Cacheuta, lugar muy pintoresco y con termas (aunque hoy le ponen termas a todo), luego de cruzar el pequeño pueblo, nos encontramos la ruta cortada. Consulté entonces a la persona que cuidaba, la que me explicó que hacía más de 10 años que no se podía pasar. En ese lugar, donde había espacio suficiente para estacionar e incluso dar vuelta los ómnibus, habían montado una verdadera feria en la que se vendía desde “artesanías” (aunque hoy parecen ser que todas son artesanías) y puestos de comidas muy informales.

Teníamos ganas de tomar algo freso y el lugar no era ameno. Recordamos entonces haber pasado un sitio muy lindo, sin saber si estaba abierto o no, volvimos para atrás y nos encontramos con buena sombra y un ambiente especial.

Ingresé yo a preguntar si estaba abierto. Salió de adentro un hombre que al principio fue un poco seco, respondiendo afirmativamente e invitándonos a pasar. - ¿Podemos comer algo, como sándwiches? (agregué)– Sí, por supuesto, ¿de qué? dijo el hombre.

Nos sentamos en un lugar muy particular, muy lindo, de otro tiempo sin ser antiguo. Un ventanal enorme que daba al frente, a un pequeño jardín donde esperaban a los posibles clientes cuatro mesitas debajo de la amable sombra de dos apreciables árboles en altura y en copa. Imagínense los aromas.

El edificio era racionalista telúrico y eclético (según mi cuñado arquitecto) y probablemente haya sido una vieja estación de servicio y porque no, un Automóvil Club, ya que entre las antigüedades varias que se exponían, algunas colgadas en la pared, otras sobre mesas, como aquella del Wincofón y las radios valvulares, entre todo, había restos pretéritos de algún expendio de combustible.

Este lugar de cuento tenía por nombre: Mi Montaña.

Se vio venir el dueño con las gaseosas y unos enromes sándwiches de pan casero cortado en rodajas: uno, de jamón crudo (muy generoso), queso y tomate; otro igual pero de jamón cocido y por fin el mío, que para evitar el consumo de sal, lomito, lechuga, tomate y huevo. Impresionantes. A medida que lo cuento se me hace agua la boca.

Felicitándolo al señor por el lugar y la atención, le pregunté por el tema de la ruta cortada. Notablemente angustiado nos contó que hace 18 años que está así, cuando solamente deben hacer un túnel de 400 metros. En cambio resolvieron desviar el camino 70 kilómetros más. Eso le produjo un daño económico enorme. En esta condición su negocio solamente trabaja los fines de semana y de primavera a otoño. Sin embargo los inspectores no dejan de visitarlo exigiéndole de todo, no así a los vendedores informales que habíamos visto más adelante en esa especie de feria turca, los que algunos incluso venden comida al paso, así no más. Y bueno, esa es la Argentina nacional y popular.

- Imagínese (arrancó el hombre), tengo 65 años, una casa en Ciudad de Mendoza, edad para retirarme y la jubilación, a la que tanto hemos aportado con mi mujer y a pesar de todo cobramos dos pesos. Pero, además, ésta es mi vida, esa es la cuestión, es la que elegí, por la que me esforcé, a la que le puse hace muchos años todo el entusiasmo. Cuando finaliza el día, allí por las 6 de la tarde, me siento aquí afuera a escuchar el silencio… es impagable.

Comenzó a ingresar gente, hasta ahí estábamos solos. Entre todos ellos, de casualidad, arribó el resto de mi familia política, que son un malón difícil de pasar por desapercibidos, y luego de nuestro asesoramiento, sin esperar un minuto, encargaron sus sándwiches.

Aproveché para levantarme e ir a sentarme afuera, debajo de la amable sombra, cuando se acercó el dueño del lugar: Juan Carlos, para hacerme un comentario de lo afable del lugar. Su tono continuó con angustia, con incertidumbre… y se retiró.

Quedé allí mirando la montaña, pensando si era esa o la de atrás, o cuál consideraba como propia el dueño del paraje: Mi Montaña. Estábamos al pie de los Andes, del Aconcagua, entremedio de los primeros picos de la cordillera.

Pensé, este señor está igual que yo.

Me levanté para ir hablar con él: - Estimado (arranque), en cierta forma pertenecemos al mismo club. Yo estoy igual que UD. Sé que hago algo muy bueno que muchos disfrutan y me lo hacen saber. Cada vez disminuyo más mi actividad, sin que se haya cortado ninguna ruta, achicándome al mínimo y no sé si cerrar al fin. Lo que UD tiene aquí es muy bueno y la gente lo disfruta. No se cuestione por la indecisión de finalizar o seguir. Debemos continuar, mientras podamos, porque lo que hacemos es diferente, en un mundo que se torna cada vez más chato. Si bien es cierto que no nos acompaña la actualidad, aún no apagué la luz de mis sueños. Si bien el momento no nos contempla a nosotros, UD con 65 y yo con algunos menos, grande ambos, vamos a enseñarles a los más jóvenes que las cosas no vienen hechas, hay que hacerlas. Debemos seguir porque lo nuestro es bueno, nos gusta y nos hace feliz a pesar de todo.

Me dio varias tarjetas de su negocio, y en mí caso, que no las uso, escribí en la contratapa de un cuaderno mis datos.

Es suya, una montaña llena de fantasías, llena de esfuerzos, plagada de entusiasmo, que nació en otro tiempo y que hoy continúan, tal vez tan sólo por la inercia o probablemente porque su producto siga siendo muy bueno.

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