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22 may. 2012

Recuerdos de mi muerte - Apunte 22 - Frente al arroyo



En mi mundo irreal, y gracias a los excelentes oficios de profesionales y demás integrantes del equipo de la maravillosa clínica en la que me trataban, mi cuerpo y mi alma iban sanando. Estaba yo convencido de que no tenía ninguna enfermedad determinada sino que nos habían traído a ese lugar a Olga y a mí para ponernos en las mejores condiciones y así cumplir nuestra misión adecuadamente. Por supuesto, y aunque yo no tenía conciencia de ello, en la realidad seguramente el progreso era igualmente notorio una vez que salí del coma inducido pero eso se debía a la calidad técnica y humana del personal del hospital de Esquel. Y en esa realidad yo había sufrido serios problemas pre y post operatorios, según me informaron luego.

De pronto me encontré en un lugar diferente. Era una construcción parecida a una casa de fin de semana, con un gran ventanal que daba hacia una especie de playa. Estaba sobre uno de los márgenes del arroyo Esquel, según me dijeron, una corriente de agua que tiene en verdad solamente unos metros de ancho pero que donde yo estaba provenía de una especie de lago que hacia el norte se iba haciendo más vasto, y sobre la prolongación de la avenida Alvear ya no permitía ver la otra orilla.

La casa estaba situada en la esquina de la diagonal - sobre la que ya les relaté - con la calle Pellegrini, la que marcaba la línea divisoria entre la ciudad y la playa. Esta última era realmente atractiva, con arena y variados árboles entre los que destacaban unas palmeras.

Volviendo al interior de la construcción, habían quitado varios muros interiores por lo que quedaba una única gran sala dividida en tres áreas: la que se hallaba al ingreso, otra sobre la izquierda y una última sobre la derecha. Contaba además con otras habitaciones entre las que estaban una cocina, baños, y un dormitorio para la enfermera, a las que se accedía a través de una puerta sobre la pared de la izquierda.

Si repaso el lugar en mi recuerdo, había en total unas seis camas distribuidas en la sala.

Junto a la puerta que iba a las otras dependencias estaba internado un joven de unos 35 años que tenía ambas piernas amputadas. Sobre su lecho se veían unas barras amuradas que utilizaba para elevarse con los brazos y así realizar ejercicios cada día.

Al fondo del sector izquierdo de la sala podía ver otro muchacho a quien acompañaba su novia. Ambos frecuentemente se entretenían usando una computadora portátil en la que veían películas, pero se encontraban algo lejos de mi, ya que me ubicaron sobre el sector derecho. Allí había un gran aparato de televisión fijado contra la pared que daba a la playa. Luego vendrían los técnicos a habilitar allí una de las ventanas para convertirla en terminal de PC, como ya he explicado en otro apunte.

La enfermera vivía en ese lugar con su hijo que tendría unos diez años o poco más. Su esposo era obrero petrolero y estaba en el hogar familiar en Comodoro Rivadavia. Habían decidido pasar ese tiempo separados tantos kilómetros porque era una manera de que los sueldos de ambos se sumaran durante ese tiempo.

Pero por la forma en que se trataban, sospeché y luego confirmé que la mujer vivía un romance con el joven lisiado, aunque no podía imaginar de qué manera podían concretarlo hasta que vi que ella trasladaba al muchacho a una silla de ruedas y lo introducía en el área de las habitaciones. Era evidente que el hijo sabía de esto y colaboraba con su madre ocultándoselo al petrolero distante.

Me relataron en algún momento que el joven era piloto de una avioneta en la que trasladaba drogas. Un día, mientras sobrevolaba el arroyo, miembros de una banda rival le habían disparado y provocado su caída. El pequeño avión se estrelló contra unas palmeras en la playa y el muchacho fue trasladado a la clínica en la que le amputaron las piernas que habían quedado muy lastimadas.

Luego lo trajeron a esta sala, lo ubicaron en esa cama y desde hacía ya muchos meses estaba allí. Esto tenía que ver con su salud, por supuesto, pero también con su seguridad pues pocos sabían dónde se encontraba y no lo comentaban, manteniéndolo como un secreto. Temían que quienes hicieron caer el avión vinieran a buscarlo para asesinarlo.

Mi cama estaba a unos cinco metros de la de él pero pudimos conversar más de una vez.

En determinado momento colocaron una nueva cama en el área de ingreso y allí instalaron a Joel, que no parecía estar muy consciente, siempre acompañado por su padre.

Aquí ocurrieron dos sucesos que merecen ser destacados.

Uno de ellos fue que yo, pese a sentirme bien, no podía levantarme de la cama. Cuando instalaron la ventana-monitor, no tenía posibilidades de accionar el menú en las hojitas de la cortina veneciana porque estaba fuera del alcance de mi mano. Pero cuando colocaron un mueblecito cerca de Joel pude ver que en uno de sus estantes había una caja de cartón que por fuera tenía escrito "remote control".

Le pedí al padre del muchacho que me alcanzara la caja o el aparato que había dentro pero él se comenzó a reír y dijo que no había ninguna caja. Tampoco pareció comprenderme cuando le expliqué lo de la televisión en la ventana. Me miraba como si yo estuviera loco y se burlaba de mis expresiones desesperadas solicitándole el aparatito. Cuando volví a la realidad, Olga me dijo que ese asunto de la televisión y el control remoto se había producido también en la sala verdadera del hospital en la que me encontraba y que había causado cierto revuelo, o al menos cierta molestia, entre los otros pacientes.

El otro hecho fue que, en mi experiencia "imaginaria", Olga venía a visitarme cada día de los que allí estuve, quizá dos o tres. Me traía unos muy ricos sándwichs de milanesa y algunos chocolates que yo disfrutaba mucho.

La puerta que daba a la calle estaba trasversal a la pared del frente, y los ventanales eran de hojas corredizas. Ese tarde, cuando entró Olga cerró luego inconscientemente la puerta con llave y se quedó de pie frente a la cama de Joel, de espaldas al ventanal.

Relató que se había metido por error en el night club y que le llamó la atención que estaba todo oscuro y se oía música. Eso nos causó mucha gracia a todos.

Mientras ella hablaba, un hombre joven quiso entrar a la sala pero encontró la puerta cerrada con llave. Entonces se acercó al ventanal para pedirnos, con gestos, que alguien le abriera. Tratamos de avisarle a Olga, que estaba parada cerca de la entrada, pero ella no comprendió bien y, sin darse vuelta, empujó la hoja móvil del ventanal suponiendo que lo que queríamos era que la abriera.

El hombre estaba en ese momento con la cara apoyada contra el vidrio, y cuando mi esposa pegó el manotazo la hoja se corrió y arrastró la cara del hombre y, con eso, el resto de su cuerpo. Nos causó gracia verlo desaparecer. Entonces Olga nos miró sorprendida y preguntó qué había pasado. Le dijimos y así quitó la llave a la puerta y el joven pudo entrar.

Vivir aunque solamente fuera en mi mente escenas así en esa sala me resultó muy agradable. Sentía que ya el tiempo de mi internación en la clínica iba llegando a su fin. Y eso nos permitiría regresar a casa.

Además eran cada vez más prolongados los momentos de lucidez y poco a poco iba comprendiendo que me estaba manejando en dos planos diferentes: uno era el real y el otro esas "salidas" durante las que veía y hacía cosas totalmente diferentes. Y al regresar de estas últimas traía información que no me resultaba posible compartir con los otros, lo que me hacía sentir extrañamente inquieto y molesto.

Nos encontraremos en el próximo apunte, si tienen la perseverancia de seguirme. Quedan aún varias cosas tan interesantes con unas hectáreas redimensionables o los elefantes y la jirafa del zoológico de Esquel. Porque para vivir experiencias metafísicas como las que me dicen que fueron las que viví, hay que hacerlo con todo. ¿O no?

Un saludo afectuoso

Daniel Aníbal Galatro

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