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2 mar. 2016

EL TORNADO (1ª parte) - Por Eduardo Juan Salleras



En el momento menos esperado
EL TORNADO (1ª parte)
Por Eduardo Juan Salleras, 2 de marzo de 2016.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente


Fue la tarde del 12 de febrero pasado.

Viajaba al campo desde Buenos Aires.

Al llegar en mi auto a la estación de servicio para cargar combustible y comprar algunos dulces antes de entrar en la tierra, al camino que me lleva a destino, siento que el calor – venía con aire acondicionado – era insoportable, parecía que estaba prendida la calefacción al máximo. Mal presagio.

De todas formas llegué a mi casa con el sol poniéndose en el oeste. Estacioné cerca para bajar las cosas. Mi meta era ponerme cómodo, cenar tranquilo y mirar por televisión el partido de fútbol de mi querido Club Atlético Independiente, jugaba con Godoy Cruz de Mendoza.

Se veía negro en el horizonte pero, la tormenta se recostó sobre el poniente hacia la ciudad de Rufino. Me dio la sensación que no me tocaba.

Sin embargo, en medio del descenso de los bártulos, escucho una explosión a metros. No era un rayo, parecía más bien un cable de alta tensión golpeando contra el suelo haciendo: ¡Paf! Sonó. Y a renglón seguido unas gotas gordas y viento.

Entro en la casa y escucho un ruido. Salgo y veo la antena de la radio, de 30 metros de altura desparramada junto al auto. La rama de un cedro, lo salvó del impacto.

Entonces busco subirme al vehículo para guardarlo debajo de la galería cuidándome al abrir la puerta para que no la lleve. Ya la volada era incontenible, cuando un gajo que pasó planeando me abrió la cabeza. Apuro los trámites y ya bajo techo, pude ver con claridad lo que estaba pasando.

Todo volaba a mil por hora, para un lado y para otro, como si un gigante enfadado estuviera arrojando cosas a lo loco.

Empezó a llover fuerte y oscureció. Desde ya se cortó la luz. No había visto todavía la magnitud del resultado. Cuando ingreso dentro de la casa, tanto el comedor como la cocina, se llovía a mares, ahí me di cuenta que la noche que notaba en el oeste eran las ramas de los árboles que habían caído sobre casa.

Entre todo, escucho en ese lugar, un ruido raro, cuando entendí que afuera, los dos perros que tengo separados en dos caniles – destruidos por los árboles - para que no se peleen, se estaban matando. Enormes bestias. Abrí la puerta de la cocina, entre la lluvia, esperando que algún relámpago ilumine la situación, y me zambullí de cabeza entre esa compacta selva, tomé a “Dino” de la cola y lo metí en la cocina. Luego al “Negro” lo agarré del pellejo de cuello y entre gruñidas, logré guardarlo en el lavadero.

- ¡Eduardo!, ¡Eduardo! Escuché que gritaba Ricardo al tiempo que se arrimaba a mi casa. – Está UD bien.

- Si, ¿UDS? ¿Y el tambero?

- Dentro de todo, estamos bien… ¡Qué horror! Aquí está perdiendo el tubo de gas.

- Ilumine…

Y otra vez, de cabeza entre el ramaje para llegar a cerrar el tubo que perdía a chorros.

Esto debe haber durado, no sé, 10 minutos o 20, no más, lo suficiente para hacer pedazos todo lo que podía vislumbrar con una pequeña linterna, entre tanto, que se había volado el techo del galpón.

Ya no más, pensé. Entré a mi casa a digerir lo ocurrido.

Prendí dos velas y las coloqué sobre la mesa ratona del living. Me senté en el sillón a mirarlas. Y pensaba…

… yo venía al campo con un problema a resolver. Tenía otros objetivos, algunos productivos, medidas a tomar para cambiar mi futuro o la tendencia de la vida del campo. Para qué hacer proyectos buscando mejorar, incluso intentando promover una vida más tranquila, más medida, más manejada…

Y ahí estaba, como un pollo mojado, más bien hecho sopa, mirando nada, abrumado, confundido y preguntándome, ¿por qué?

¿Por qué no a mí? Ahora, ¿vale la pena seguir pensando en los proyectos?…

El tornado si hubiera pasado 500 metros a un costado, no pasaba nada, ya que el monte de las abejas y el de la manga, distantes del casco, más o menos, esa distancia, no sufrieron el impacto, porque fue un mazazo, un golpe al mentón.

Me cambié de ropa. Preparé algo para picar y sobre esa misma mesa ratona, mirando fijo las velas, intentando escuchar por radio el partido, solo - porque esta vez, y no es frecuente, mi mujer había quedado en Buenos Aires - pensando en las vacas, que no se metan en los cultivos, cómo iba a ordeñarlas al día siguiente... el desparramo que encontraría.

En la transmisión se escuchaba más ruidos que relato, todavía había descarga.

Comí un dulce, fumé un par de cigarrillos y me fui a la cama con la radio y una vela, a la que menos vida le quedaba.

Me acosté así no más, intentado entender el partido, que a medida que pasaban los minutos y la tormenta seguía su camino, comenzaba a escucharse mejor. Y mi mirada puesta en la vela que ya no sé veía, cuya llama surgía a dentro del candelabro, aprovechando las última gotas de cera disponibles… y se apagó… y me dormí, gracias a Dios, no sé en qué decena del rosario.

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