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18 jun. 2015

La simulación - por Eduardo Juan Salleras


La simulación
¿SER O PARECER SERLO?
Por Eduardo Juan Salleras, 15 de junio de 2015.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente

El domingo posterior a mi cumpleaños, ya de regreso en el campo, amanecí bien temprano como siempre, porque en esto no hay día del Señor, ni feriados, y que me perdone Dios pero no es cuestión de avaricia sino de necesidad, aunque siempre lo tomé como una jornada distinta, más aliviada, por más que en el transcurso de las horas, probablemente, reniegue como cualquier fecha laborable.

Entonces, antes del amanecer, me senté frente a mi notebook, la encendí, busqué el maravilloso “Word” para intentar escribir algo, abrí la hoja en blanco y mientras la miraba, navegando por esa enorme laguna azul de las ideas y las ocurrencias, veo como mis dedos amagan una letra u otra, intentando arrancar con una palabra o en el mejor de los casos con una frase, notando que mis manos, hinchadas y lastimadas por el trabajo diario del campo, nada tenían que ver con las de un escritor. ¿Lo seré?

Un amigo quiere hacerme creer inclusive que soy un intelectual. Ridículo. Un intelectual se hace, no se nace, y yo nunca me preparé para ello. Tal vez aparente serlo, pero no lo soy, seguro que no.

Mientras se desarrollan en mí éstas ideas sobre pretender ser sin serlo, o aparentar lo que uno no es, más allá de la voluntad o no por lograr uno u otro efecto, me vino a la memoria el libro que estoy leyendo de a ratos, recomendado por una entrañable amiga: “La simulación en la lucha por la vida” de ese eximio escritor ítalo-argentino, José Ingenieros, autor también de: “El hombre mediocre” (ambas publicaciones deberíamos leer todos los argentinos antes de votar en las próximas elecciones presidenciales de octubre).

¿Finjo ser lo que no soy? O en realidad soy aunque no pretenda serlo.

No es lo mismo imitar que aparentar. En el primer caso uno quiere ser, aunque lo logre o no. En el segundo, de ninguna manera se aspira a ser sino parecer ser.

En el libro de Ingenieros dice que los políticos están en la cumbre de la simulación, aunque cree que un poco más arriba se hallan los religiosos, de todos los credos – para aquel entonces, principios del siglo XX.

Ya en este tiempo, la sociedad entera, dado cuenta de ello, entra en el juego de la apariencia, y particularmente, en función del señorío político. Es así que vemos hoy el enorme esfuerzo de algunos, por ejemplo: actores, actrices, músicos, periodistas, en mostrarse exageradamente obsecuentes, para lograr la gracia de la señora – del poder - la que no compra de ninguna manera como auténtica tal actuación o impostura, sino que solamente disfruta verlos arrastrados detrás de sus faldas.

Es una muestra clara de simulación compartida, de ida y vuelta, a la más exagerada potencia. Y ya nadie se sonroja por ello porque la vida se ha transformado en una comedia, en la que todos actúa su personaje; visten sus disfraces, sus maquillajes; impostan la voz… sin dejar de ser lo que son, representando ser lo que no se es.

De esta forma, la realidad se convirtió en un engaño colectivo, a lo que todos juegan la farsa del relato.

Muchos creen que es una habilidad simular bien, saber fingir ser otro, pero se llega a un punto en el que el personaje se apodera del impostor y ya no puede volver, no sabe, o no se da cuenta que ya no es lo que era.

Así, hemos falsificado nuestra propia vida, la desfiguramos. Y como un animal que se mimetiza con una parte del ambiente para no ser visto, sin poder volver a lo que era, al final queda expuesto al peligro, notándosele el engaño.

Ya son demasiados los que juegan esa farsa, como una simulación en la lucha por la vida, más que por sobrevivir por alcanzar lo inalcanzable sin haber hecho ningún mérito para lograrlo.

Claro, si se disfraza de exitoso profesional un corrupto funcionario público o de formidable empresario quien lava dinero del narcotráfico o de la misma corrupción o de hábil dirigente social quien barre la pobreza debajo de la alfombra, que le queda al ciudadano común, qué rumbo tomarán sus sueños, qué camino buscarán sus anhelos, en qué está dispuesto a disfrazarse para alcanzar lo que la vida normal le niega.

¡Qué buen libro! Igual que “El hombre mediocre”. “En la política, por fin, donde florece el hombre camaleón, el arquetipo de los simuladores, el cortesano adulador que sirve con igual celo a todos los que pueden colmarle de favores, lacayo de todos los amos, unidad de todas las mayorías, instrumento de todos los despotismos” (La simulación en la lucha por la vida – José Ingenieros).

Habrá seguramente sus excepciones.

Mientras tanto, seguiré intentando parecerme a un escritor, medianamente intelectual, escudándome en la experiencia que me dio la vida, preguntándome cada mañana si soy un delicado literato o un rústico hombre de la tierra.

Tal vez una cosa aporte a la otra, sin conflictos que merezcan una simulación, porque en el fondo fingir es una mentira, aparentar es hipócrita, el disfraz es un engaño… y la vida, en sí misma, se convierte en una farsa.

EJS

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