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26 oct. 2014

ME SIENTO TAN PEQUEÑO… - Por Eduardo Juan Salleras


Sin dejar pasar el momento
ME SIENTO TAN PEQUEÑO…
Por Eduardo Juan Salleras, 23 de octubre de 2014.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente

¡Es increíble!
Antes o después, o entremedio de ambos, ocurre lo que debe suceder.
Esta vez fue distinto.

En una de mis caminatas diarias de una hora, dando vueltas al campo, lo más extensa posible ya que es una superficie chica, mientras pasaba al sur del monte de “Alesio”, alejándome lo suficiente para no ser atacado por las abejas del Sr. Muzzio quien hace 35 años tiene sus colmenas en esa pequeña arboleda de menos de una hectárea, y soplando el viento norte, me di cuenta del cambio.

Todo el aire tiene un peso especial, diríamos que cambia su densidad y su esencia.
Sentí como me galanteaba ese aroma distinto, un tanto extraño, que perfumaba el ambiente de una tarde calurosa pero con un soplo particular impregnado del perfume de las acacias blancas que por primera vez notaba su floración.

Es que la primavera comienza así, totalmente diferente a los sobreactuados picnics juveniles, algunos llenos de excesos, forzados incluso, para expresar un contento obligado por la circunstancia y que nada tiene que ver con la naturaleza, la que nos premia con lo mejor que tiene para obsequiarnos.

Y luego claro, a los pocos días mis amigos, siempre vigentes, dejan caer sus racimos blancos y esa fragancia seductora de los ligustros en flor, la que navega también por el aire abriéndose paso y haciéndose presente, como todos los años, para que no me olvide de ellos.

Créanme que su perfume es uno de los que más disfruto y admiro.

Más allá de las fragancias florecientes propias de la estación, como dije anteriormente, la atmósfera ya tiene de por sí otra densidad, un aura particular que envuelve el lugar y me hace sentir bien.

Escuché una frase que quedó clavada en mi consciente: “Me siento tan pequeño cuando veo todas las cosas que necesito para ser feliz”.

Yo no puedo decir que tengo poco… porque lo que tengo y valoro es mucho, aunque no parezca demasiado es suficiente.

En realidad, viéndolo desde ese punto de vista, me siento enorme.

Quizás, cuanto más pequeño más grande y viceversa.

En el fondo, si uno se pone a evaluar con justicia la floración primaveral es de una riqueza maravillosa, la que yo vivo no explota en colores sino en aromas y lo prefiero así, porque me acompaña a todas partes, aun durmiendo, cuando abro la ventana para dejar ingresar el fresco de la noche y con él se cuela el perfume.

Me parece que este año todo se adelantó unos 15 a 20 días en el espectáculo, en esta presentación magnífica que me toca disfrutar.

Pero volviendo a esa frase: “Me siento tan pequeño cuando veo todas las cosas que necesito para ser feliz”, me hace pensar cuanto tiempo despreciamos dejando pasar por alto situaciones, algunas gratuitas, maravillosas y notables, suficientes para hacernos sentir enormes, riquísimos y halagados por la vida, sin embargo le corcoveamos al momento, a la situación, por el solo hecho de pretender lo que hoy por hoy no está a la mano, por el solo hecho del capricho, del antojo de desear lo que no se puede tener.

Hay gente, en cambio, que tiene tanto, pero tanto, incluso a veces mal habido, producto de la corrupción y de esa enfermedad por tenerlo todo, que no le alcanzarían 10 vidas para gastarlo, como si del infierno se pudiera volver, y pueden comprar incluso mi primavera, inventarla, como destruirla… basta con encender de noche el televisor y cometer el error de sintonizar un noticiero.

“Me siento tan pequeño…” Esta persona me contaba que una vez, un niño morochito y de tez cobriza, parado a la vera del camino, obsequiaba a los transeúntes una flor amarilla a cada uno, silvestre, rústica, las que crecían y recogía a un costado. Y le dio una él.

- ¡Gracias! ¿Y qué hago con esta flor?

- ¿Tiene una Virgencita en su casa? Asintió entonces con la cabeza – Busque un recipiente con agua y ponga esta flor ahí… ya verá lo que va a suceder…

Me contaba: La tome al principio así no más. Su tallo era duro, sus hojas ásperas y la flor compuesta, sin ningún perfume, sí podría decir olor a yuyo campestre. Reconozco que por momentos me molestaba, no sólo tenerla en mi mano sino andar paseándome con ella, haciendo cosas, y alguno incluso me preguntó qué hacía con esa flor… - Es para la Virgen de mi casa.

A penas llegué a ella fui en busca de esa imagen que anda por ahí, por si acaso, porque me recuerda a mi madre. A encontrar entonces un florero, tiene que ser alto y pequeño, como para una sola flor o algo parecido. Agua fresca y así quedó.

A la mañana siguiente desperté y comenzó mi vida sin cambios, ni siquiera me acordaba de la flor.

Con el transcurrir de las horas, aún temprano, vuelvo a entrar a la casa y siento de pronto un perfume muy especial, jamás algo parecido, una combinación de jazmines, rosas y demás, todos potenciados. No me quedó otra que, apurado, ir a ver a la Virgen y a su flor. Un rayo de luz iluminaba a ambos, del sol desde luego, pero como si fuese un farol de teatro…. Y… me puse a rezar, a dar gracias estremecido, fascinado, pensando “qué pequeño soy cuando pasan estas cosas enormes por mi vida”.

Parece ser que nunca más vio a ese niño, como tampoco lo había visto antes. Era un chango morochito de tez cobriza.

¡Qué misterios ocurren a diario sin explicación! Unos los mistifican, otros prefieren que no los toque, pero más allá de la magia que todos los días se nos muestra de distintas formas, está en uno detenerse en ellas o no, en atenderlas o preferir pasarlas por alto mirando más allá, tal vez a un lugar que nos es inalcanzable.

Sí, podemos ponernos de acuerdo que tiene su encanto, y nosotros la sensibilidad de verla con gracia.

No dejen pasar el momento.
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