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4 ago. 2014

LA CONFIANZA A CAMBIO DE NADA - Por Eduardo Juan Salleras



De Jacinto y Gerónimo.
LA CONFIANZA A CAMBIO DE NADA
Por Eduardo Juan Salleras, 4 de agosto de 2014.-
Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente
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La otra tarde me sorprendieron unas voces que se escuchaban afuera.

Cuando pretendí salir me detuve abruptamente y con gran asombro vi a esos dos pajarracos que me visitan todos los días en busca de comida, hablando.

Me escondí perplejo, nunca me había pasado algo igual, no sabía si era mi demencia o mi fantasía, y por qué no mí imaginación en pleno desarrollo participando de una fábula.

La sorpresa fue más grande cuando entendí que los dos chimangos hablaban sobre mí:

- Gerónimo: Me parece que este hombre está un poco loco.
- Jacinto: Y ¿por qué dices eso?
- Gerónimo: A quién se le ocurre darle de comer a dos pájaros que ni siquiera conoce…
- Jacinto: no te olvides que hace más de dos años que cada vez que nos ve va a buscar cáscaras de queso y las pone en la ventana para que nosotros bajemos a servirnos de semejante manjar, a cambio, vernos conformes disfrutando de su mano.
- Gerónimo: no notaste que pretende un mayor acercamiento… el otro día se puso en la cabeza el pedazo de queso esperando que yo bajará a retirarlo de entre los pelos…
- Jacinto: es cierto porque la otra vez extendió su mano y con la punta de los dedos sostenía una cáscara grande pero, minga voy a bajar a tomarla de ahí.
- Gerónimo: yo lo más cerca que estuve debe haber sido a menos de un metro aunque él jamás pretendió agarrarme, en cierta forma nos invita a participar juntos del momento…
Mi fascinación sin límites, tenía ganas incluso de interrumpir y participar, presentándome como un ser humano manso y enamorado de los animales. Era un riesgo grande porque se podían asustar y jamás volver a hablar cerca de mi ventana.

Permanecí escondido detrás de la cortina.
Tal vez era una locura, ¿me lo estaba imaginando? El delirio de mis años llegaba quizás a su punto más alto.

- Gerónimo: … además, viste que el hombre no está del todo equilibrado.
- Jacinto: ¿a qué te refieres?
- Gerónimo: hay momentos, ni siquiera días, instantes, en que está como agobiado… luego pasa a triste… de repente se lo escucha gritar desaforado despotricando a diestra y siniestra… y al rato, sigue como si nada.
- Jacinto: puede ser, pero convengamos que el mayor tiempo está bien, incluso, yo lo he visto volver a su casa con el ceño fruncido y al verme ir enseguida a buscar un pedazo de queso para dármelo. ¿Qué más quieres del pobre tipo?
- Gerónimo: pero, ¿Por qué querrá acercarse cada vez más? ¿Pretenderá agarrarnos?...
- Jacinto: Tal vez no, quizás quiera solamente relacionarse con nosotros, en cierta forma, de la manera que nos atiende, merecería un acto de confianza de nuestra parte.
- Jacinto: Es cierto, yo me juego, la próxima vez intentaré sacarle de la mano la comida… de todas formas estate atento por si las dudas.
Al escuchar esto fui corriendo a la cocina a buscar una cáscara de queso e intentar lograr lo que en más de dos años no había logrado, alcanzar la confianza de éstos dos simpáticos chimangos.

Y así fue, busqué una buena porción cuestión que no necesiten sacármelo de entre los dedos y extendiendo el brazo se los mostré. Ellos, al verme salir volaron a una rama baja de árbol más cercano y de allí me observaban mirándose entre ellos. Seguramente estaría perpetrando la estrategia de cómo sacar de entre mis dedos la comida.

Uno se soltó con un vuelo lento y bajo, viniendo hacia mí, sin embargo levantó otra vez llegando así al techo de la casa.

Entonces, de un lado uno, en la rama y el otro a mi espalda. Dejé de mirar a este último dejando siempre el brazo extendido, y antes que me pudiera dar cuenta ya había retirado con sus garras su alimento, mientras el de la rama no me quitaba la vista. Fue el turno de la cáscara en la cabeza, aunque el primero estaba distraído desmembrando su queso, igualmente, Jacinto o Gerónimo voló con planeo suave y casi rascándome con sus patas la cabeza, retiró su porción.

Y así lo hicimos cada día, ellos sin ningún tipo de especulaciones. Al verme no más sobrevolaban sobre mí en una invitación a compartir un momento especial, ellos comerán su rico queso y yo encantado de verlos conformes.

Como conclusión y moraleja: cuando uno hace algo por alguien de propia voluntad, es cuando menos derecho tiene de exigir a cambio. Aquel que pretende cobrarse los favores quiere decir que nunca fueron tales, hubo meramente un engaño.

Eso sí, siempre desconfíen de aquellos que regalan lo ajeno.

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