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5 feb. 2014

¿DE QUIÉN ES ESE NIÑO? - Por Eduardo Juan Salleras


El Hombre del Carro XIII

¿DE QUIÉN ES ESE NIÑO?
Por Eduardo Juan Salleras, 24 de enero de 2014.-
Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente.
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Siempre hay alguno que me trae a recuerdo a El Hombre del Carro. Aquel viejo vagabundo que circulaba por los caminos de la tierra de nadie – donde vivo es un poco así – con sus dos caballos de tiro, uno siempre de descanso, los dos perros, una lona grande para cubrirse los días de lluvia, y todo el romanticismo del trotamundos.

La gente no se olvida de él, y cuando me lo recuerdan me vienen a la memoria distintas historias vividas con este personaje, incluso algunas que ya son leyendas regionales, de las que no necesariamente haya participado yo en ellas.

Entre estas una que dice que cierto día encontró un niño recién nacido en la cuneta.

Bien arropado, sobre unos pastos secos que lo aislaban del suelo, y una chapa correctamente colocada que le hacía de reparo por encima.

Nuestro amigo se acercó en busca de la chapa y mientras se arrimaba escuchó el llanto de un niño. Suele decirse en el campo para asustar, que en algunas taperas (casas abandonadas) se escucha un bebé que llora y eso aterra.

Entonces se asustó y ojeando alrededor, buscó con la mirada una razón a lo que sucedía. Luego, después de serenarse y controlar la situación que tenía como escenario, entendió que el fenómeno venía de abajo de la chapa que él pensaba llevarse, incluso estimó desistir de ella ante el lloriqueo, pero, muy despacio se acercó al lugar y con una varilla intentó desde lo más lejos posible levantarla para mirar qué había debajo.

Nuestro amigo cayó sentado del susto o de la impresión, al ver a aquel angelito allí abandonado.

Lo curioso es que el niño tenía sus mismos ojos azules, tez rosada y el cabello negro, igual que él.

Se cruzó de brazos, puso su mano en la barbilla, y sin arrimarse lo contempló a la distancia, porque aún no estaba seguro de la veracidad de lo que estaba viviendo. Incluso volvió para atrás e intentó comenzar de nuevo… y ahí seguía el bebito, ya no llorando sino muy tranquilo… y lo miraba.

Y bueno, se dijo el Hombre del Carro: - no lo voy a dejar acá, y lo tomo entre sus brazos, lo llevo a su carruaje, lo acomodó bien, fue a buscar la chapa que le interesaba, y al moverla había un biberón y un sobre con algo de dinero y una línea que decía: “esto es para comprar la leche”.

Claro, el problema era que el pueblo más cerca estaba lejos, y en un coche a caballo más todavía.

No había casas cerca donde pedir, inclusive a quién contarle lo que le pasó, y porque no, depositar el niño ahí y seguir el viaje.

Aunque el infante ahora estaba tranquilo, solamente lo miraba sin quitarle los ojos de encima al viejo.

Nuestro querido amigo no podía creer lo que le estaba pasando, - justo a mí, (se decía a sí mismo) - en qué me metí, pero no lo puedo dejar ahí tirado, se va a morir (analizaba en su interior).

Andando un rato más, vio un potrero donde había vacas recién paridas, el asunto era cómo, en medio del campo, ordeñar una madre mestiza.

El hombre había sido un buen criollo en sus tiempos mozos y llevaba consigo el remanente de aquella época de yerras y arreos, de trabajos rurales interminables. Tomó entonces aquel lazo que nunca se decidió a vender, algunas maneas que utilizaba siempre para atar algo y un balde lechero viejo de chapa galvanizada que lo usaba para el agua.

¿Cómo conseguir arrimarse a la vaca lo suficiente como para poderla enlazar? Era la cuestión.

Eligió entre el rodeo alguna cuya cría tenga no menos de una semana y llevándola despacio hacia un rincón, la dejó allí un ratito para que se tranquilice. Le permitió pastar y cuando su cría se acercó a mamarla, revoleó suave su lazo un tanto duro por el desuso, y como si nunca hubiera dejado la actividad, cayó en el cuello de la vaca y enseguida a correr en busca del poste más cercano para poderla palenquear rápidamente, reducirla y así ordeñarla.

A pesar de que todo parecía salir redondo no logro ahorrarse un par de revolcones que, a su edad, le recordaron algunos dolores crónicos.

Pero ya estaba allí, buscó arrimarla lo más posible al poste y luego, esquivando alguna patada, alcanzó a manearla.

Le dejó al ternero una teta para que la vaca se tranquilice y luego sí, con sus dedos un tanto deformados por los años y la artritis, como en sus mejores tiempos, ordeñó unos 4 litros de leche.

Suficiente, pensó, y prolijamente desató al animal, largándolo con su hijo.

Hirvió lo suficiente para el niño…

Un día mientras mateábamos en la punta del boulevard le pregunté: - ¿es cierto ese cuento del niño que UD encontró?

Luego de un corto silencio me dijo: - Sabe, era verdaderamente muy parecido a mí… ¡las explicaciones que tuve que dar en el hospital porque todos miraban al bebe, luego me miraban a mí y me preguntaban quién era la madre! Pensaban que era mío y que me lo quería sacar de encima. Ya estoy demasiado grande…

- ¿Lo volvió a ver?

- Sí, cada tanto cuando voy por ese pueblo… lo tiene una familia… año que pasa se parece más a mí… es notable.

- Y Ud., ¿tiene hijos?

- Y algunos he dejado en el camino.

- ¿Nunca pensó que ese niño puede ser un nieto suyo?

Bajo la cabeza, acomodó con la punta de los dedos la bombilla de un mate bastante lavado, y con la cabeza gacha, levantó la vista, como espiándome por debajo de las cejas, y me miró fijo sin decir nada.

Luego hizo un gesto que entendí por: “puede ser”, y permaneció callado un rato hasta que encontró el momento justo para cambiar de tema.

¿Habrá sido?
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