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21 ene. 2014

GENTE SOLA - Por Eduardo Juan Salleras


Historias en la playa

GENTE SOLA
Por Eduardo Juan Salleras, 21 de enero de 2014.-
Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente
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En mis caminatas mañaneras por la orilla, suelo ver a mucha gente sola.

Desde muy temprano, coincidiendo con el inicio de mis ejercicios matutinos, veo siempre a un hombre de unos 70 años sentado en su reposera, a una distancia justa para que alguna ola larga le moje los pies, junto a su termo y a su mate como buen uruguayo, y de compañero: un perro, con el que suele jugar sin levantarse de su cómoda posición, arrojándole un palo… hasta que se canse y se siente a su lado, a compartir la soledad.

Asimismo, dentro de los moradores de la clausura, un muchacho que también se repetía. Todas las mañanas, con su tabla de surf, arrancando muy temprano, buscando olas solitarias, en un mar que además disfruta esa condición y que nadie dio vista de ello. Horas, hasta arrugar su piel, en un agua más bien fría, dibujando en un recorrido corto de ondas largar paralelas a la costa que le permitía jugar en ellas andándolas lateralmente.

Infaltable en las jornadas playeras, una mujer sola. Siempre hay en las mañanas señoras o señoritas ermitañas.
La de esta narración, es de edad madura sin ser mayor. Probablemente entre 45 y 50 años. Bien mantenida, la que disfruta a más no poder del ritual costero, llegando temprano con su compacto pertrecho de playa, todo haciendo juego: sombrilla, reposera, equipo de mate, sombrero, solera y la bikini la que aún puede usar sin complejos.
Llega, desensilla todo con suma prolijidad; clava su techo circular con una especie de tirabuzón, se unta por completo con algún protector solar; acomoda minuciosamente una lona que respeta la tonalidad y se acuesta en ella quedando inmóvil como si fuera una estatua egipcia.

En mi carácter de periodista y escritor, interesándome el tema desde hace mucho tiempo, no me quedaba otra cosa que intentar entrevistar a estos tres casos típicos, habiendo seguramente muchos más.

- Buen día señor.
- Buen día. Me respondió
- Disculpe, lo veo todas las mañanas sentado aquí, con su termo y su perro…
- Enviudé hace un par de años, mis hijos viven en el exterior…
El hombre intentó contarme su historia pero interrumpí, repreguntando: - ¿cuál es la causa que lo lleva a estar aquí, todas las mañanas solo, con su perro, su mate y el mar?
- Es que no encontré nada mejor que hacer esto.
La respuesta fue contundente, y con todo respeto, de hecho seguimos hablando un rato más del tema, pero la conclusión fue esa: no había nada mejor para hacer que eso, sentarse frente al enorme océano tranquilo y disfrutar ese sublime momento.

Supuse que la situación del joven “surfer” debía ser necesariamente distinta, y lo fue.
- Me encanta amanecer en la playa, cuando nadie anda por aquí. Ponerme el equipo, preparar la tabla y largarme al agua a surfear. Respondiendo a mí pregunta.
- Pero, ¿por qué solo? A un par de kilómetros está la playa Del Barco, cita obligada de tus colegas y allí se juntan decenas a compartir este ritual. Repliqué.
- Mi relación con el mar es netamente personal, es íntima, son las olas y yo… sus tubos, su rompiente, su espuma… no sabría que más explicarle.
- Lo entiendo, ¿se te considera en soledad?
- Es que en realidad, no estoy solo. La entrevista terminó con esta respuesta sin atenuantes, aunque el diálogo continuó sobre los paisajes de la soledad. 

La típica mujer aislada del contexto playero, es un hecho muy frecuente en los veranos. No es la primera vez que me llama la atención.
Estos casos me sorprenden porque, en líneas generales, disfrutan mucho lo que les pasa.
La mujer en cuestión era una situación más, la que se deleitaba a cada protocolo y ni hablar cuando se bañaba, lo que repetía varias veces en el día, si bien, ahí no más en la orilla, se dejaba flotar en poca profundidad, lanzando sonrisas de placer, repitiéndolo a cada baño.
¡Qué manera de divertirse, de gozar!
- Disculpe… me presenté justificando mi curiosidad.
- No se preocupe, me encanta la pregunta… Me separé hace muchos años e hice de mi maternidad un sacerdocio. Mis hijos ya son grandes. El varón lo sigue a su padre… mucha plata… y aunque jamás se interesó de niño por él, es su ídolo. Y está bien… mi hija se fue a Brasil con el novio, no sé a dónde ni cuándo vuelve. No tuve resultado con ellos, no son lo que quise que fueran, igual los quiero mucho… y casi una lágrima… Con una enorme necesidad de hablar con alguien o de contarle sus memorias, o sus razones, las que seguramente había resuelto de forma conveniente, hablaba ligerito…
- Perdóneme - corté yo su exposición – y no lo tome a mal, no estoy interesado en la historia de su vida, sí la de su soledad.
- ¡Ah! Bueno, no fue mi intención…Estuve sola mucho tiempo, hasta que me di cuenta que lo estaba. Entonces transformé mi condición en un mundo nuevo en el que debo aprender a disfrutar… y lo hago. Son muchas las cosas maravillosas que pasan a mí alrededor, incluso también horribles que por suerte no me tocan. ¿A usted le preocupa la soledad? O dígame ¿Qué entiende por ella?
Seguimos hablando un poco más cuando, con toda la soltura y alegría del mundo me dijo: - me voy a bañar. Y apurada se acercó a la orilla y comenzó esa danza acuática, flotando en donde hay poca profundidad, evitando así tocar el fondo con sus pies, refrescándose el cuerpo y la vida. Se la veía feliz.

Me fui a mi lugar en la playa, donde me esperaba mi familia.
En el fondo nosotros también estábamos solos en ese lugar, en el retiro familiar.
En definitiva, no está solo quién busca, quiere y encuentra la soledad, sino el que la encuentra sin buscarla ni quererla.
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