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14 ago. 2013

AGOSTO - Por Eduardo Juan Salleras


Entre vientos y aromos
AGOSTO
Por Eduardo Juan Salleras, 13 de agosto de 2013.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente
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Días pasados, por la tarde, mientras reparaba un alambrado en medio de la pradera, recibo en mi celular – esos que además tienen internet – un mail de mi amigo Daniel, que me decía: te mandé algo para leer, es de una amiga acerca de tu último artículo. Le respondí como pude: después lo veo… ahora estoy dentro del viento.
Es que esa era la sensación, a campo abierto, el ventarrón incesante no daba respiro. Por momentos el trabajo me permitía ponerme de espaldas, pero no siempre, debiendo enfrentar al chiflón, con los pelos tal pirinchos de urraca, los ojos entrecerrados, y la cara maquillada por la tierra.
Agosto es así.
Tiene dos características puntuales: el aromo que florece en medio de las heladas, con sus flores amarillas en su copa verde oscuro, y el viento.
A pesar de la incomodidad, de la adversidad, no podía dejar para mañana lo que debía hacer hoy, porque si no reparaba ese cerco, las terneras se saldrían de su lugar… son pocas y no está para perderlas.
Como en la vida, cada cosa a su tiempo y sin excusas.
El principal enemigo de lo que se debe hacer, cuando corresponde, es la pereza, que todos en algún momento tenemos, a la que debemos derrotar urgentemente, de lo contrario entramos en la apatía como inercia del ocio.
Hay tiempos de vientos, incluso de vendavales, que nos impiden hacer lo que debemos, tal vez rindiéndonos antes de tiempo, sin intentar lo máximo.
No todo puede esperar a la calma.
Cuando a mi edad, uno mira el pasado, da un poco de vértigo, aunque muchas veces esos tiempos pretéritos, a modo de recuerdos o de compasión, se nos acercan, quizás para hacernos razonar quienes fuimos o quiénes somos. En cambio cuando uno mira hacia el futuro parece ahí no más, sin embargo es un techo que aún nadie construyó.
Una vez tuve que subir a una torre de molino – sufro en las alturas – y a medio escalar me paralicé. Quién estaba abajo, que no tenía mi problema, me gritó: si quiere llegar a arriba, nunca mire para abajo. Es cierto, es más fácil así, pero tienta mirar atrás.
La cuestión es que no era momento de bajar sino de seguir subiendo, porque estaba allá la meta, en la rueda y en la cola, había que destrabarla, sino no gira y por ende, no saca agua.
No fue nada fácil estar a esa altura, parado en la nada, haciendo fuerza con mí cuerpo contra la torre para no caerme ya que las manos las necesitaba libres para trabajar. Y la mente siempre en el suelo.
Con el molino volví al viento. En agosto es raro que descanse, parece que Dios le dio la misión de barrer las últimas hojas secas de los árboles que rechazó el invierno o de secar por completo la humedad residual del otoño, de aquel lejano chaparrón.
Entre fríos y soplos incesantes, el aromo floreciente, con sus amarillos desafiando a lo que queda del crudo invierno, nos enseña que siempre hay esperanza por una flor, que de cerca no es la más bonita y no tiene la mejor fragancia, a pesar de su nombre. Sin embargo está anunciándonos que la vida sigue y que pronto, cuando ella se transforme en frutos, aparecerán nuevos capullos, de otras plantas, con notables colores y perfumes, porque es la primavera la que nos espera.
Pero, ¿cómo llegar a ella sin cruzar antes el invierno? ¿Cómo llegar a septiembre sin sobrevivir al viento de agosto?
Es la esperanza de una flor amarilla entre verdes oscuros e intensos, la luz que nos marca el camino por venir. Demuestra que todo lo que comienza en algún momento indefectiblemente se termina tanto lo bueno como lo malo.
Y yo completé mi trabajo, atando los últimos alambres y suponiendo que todo había quedado bien.
Entonces, juntando los bártulos, caminé hacia las casas.
El sol en el oeste me decía hasta mañana cuando, me doy cuenta que, curiosamente, el viento había dejado de soplar y el ambiente se sentía más templado.
¡Linda tarde al final! – Pensé – aunque no me dio tregua la ventolera por horas.
Llegué muerto de cansado, pero el hogar es el hogar. Un buen baño, una buena cena y mejor compañía, para luego descansar, con la satisfacción de haber hecho lo que corresponde y en su tiempo.
Seguramente de eso se trate cómo seguir viviendo, haciendo lo conveniente sin ponerle techo jamás a nuestros sueños.
En la vida… un minuto, es un minuto para todos.
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