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24 may. 2012

Recuerdos de mi muerte - Apunte 24 - M'hijo el dotor


El Dr. Richardson, dueño y director de la gran clínica en la que en mi imaginación liberada estaba yo internado, y dueño del gran hotel ubicado frente a ella, tenía dos hijos. El mayor era el joven que había conocido cuando me trasladaron a la sala nueva - la pintada de blanco - en la que pronto compartí espacio con las víctimas del incidente de los taxistas. Pero también tenía una hija de unos quince años, a la que vi solamente de lejos un par de veces porque el médico obligaba algunas veces a ambos a asistir a sus análisis públicos de historias clínicas bajo el majestuoso alero del citado hotel.

Con el hijo varón tuvimos varios contactos, no así con la chica, por lo que sobre ella solamente diré que estaba vestida a la última moda "Lady Gaga" pero con un toque gótico en el rostro y detalles punk en el cabello. Evidentemente, demasiado para su padre que la miraba y la trataba, según percibí espiando por la ventana de la clínica, como si ella fuese una especie de bicho, alguien que hacía avergonzar a la familia.

Pero mis andanzas extracorpóreas no duraron lo suficiente para profundizar más en la muchacha ni en su relación familiar. Sólo recuerdo que ella asistía a los "shows" de su padre acompañada por un par de amigas que mostraban un "look" parecido, seguramente porque aplicando que "la unión hace la fuerza" lograban un tres por uno que nivelaba un poco la proyección paterna condenatoria.

Su joven hermano tenía otros problemas a nivel familiar. El poderoso Richardson había dictaminado desde su nacimiento que sería quien debería continuar la empresa familiar. Había establecido como un "undécimo mandamiento" de su Biblia privada que ese muchacho estudiaría medicina, al tiempo que compartía labores en el complejo clínica-hotel a modo de aprendizaje. Así heredaría todo alguna vez, lo que le aseguraría el poder y la fortuna que había conseguido su padre.

Perturbaba sus planes un único y nada pequeño inconveniente: el chico no quería ser médico sino piloto de automóviles de turismo de carretera, los TC's que lo apasionaban y a los que poco a poco se iba acercando a través de participar en competencias de motos en la zona.

Entre los devaneos quinceañeros de la hija que, según su padre, lucía como una rebelde sin causa y apuntaba a ser "un caso perdido", llena de elementos metálicos y tatuajes que hacían de su cuerpo una exposición ambulante, y los también graves delirios "fierreros" del hijo, Richardson estaba tan desorientado que no podía disfrutar adecuadamente de los frutos logrados con su labor. Pero estaba decidido a poner mano dura en la cuestión para cambiar esas circunstancias.

¿Por qué puse el título de la famosa obra de Florencio Sánchez al comienzo de la nota? Evidentemente no fue por mostrar la relación del médico con su hijo pero sí porque esa situación se había dado entre padre e hijo muchos años antes. Más exactamente cuando fue este último forzado a estudiar medicina por un progenitor no muy culto pero sí trabajador, dueño de una chacra heredada de sus antecesores que la habían hecho rentable a puro sudor. Con un poco de gentil imaginación podemos distinguir en la imagen al médico, sus padres y sus hermanas, aunque no puede dar fe de que las tuviese en la vida real.

Los primeros en llegar a la región, sin nada más que lo puesto y algunas herramientas, habían sido unos ingleses de apellido Robertson. Hicieron pie en la comarca y se instalaron en un terreno que a nadie interesaba, por lo que, a principios del siglo XX, nadie les exigió que lo compraran, lo que recién hicieron unos años después. Sus hijos trabajaron también cultivando - en mis recuerdos - naranjas y duraznos (que no coinciden con los productos habituales de esta región) y eso les permitió hacerse para la época de los 50s de una pequeña fortuna.

El padre del futuro médico decidió que su hijo no iba a romperse las manos cultivando sino que sería un profesional universitario. Para que no lo relacionaran con sus casi miserables abuelos, cambió su apellido y el de sus descendientes a Richardson, parecido pero diferente. Y así generaron este "hijo dotor" que luego haría una carrera brillante en la medicina y en los negocios.

Cuando el joven había terminado de instalar la última cama en la nueva sala, con su carga que transmitía la imagen de una momia egipcia como ya relaté, se dirigió con su amigo-ayudante hacia la puerta de salida. Pero Olga y yo lo llamamos, creo, o él se acercó solo a mi cama, y tuvimos una conversación en la que nos refirió sus deseos de ser corredor de TC, la oposición de su padre y otros detalles que no recuerdo.

Nosotros le dijimos de nuestra revista en internet y,poniéndonos inmediatamente de su lado, le prometimos que nos ocuparíamos de conseguirle "sponsors" suficientes como para poder tener su propio auto.

Por primera vez lo vimos sonreír. Nos invitó a visitar el siguiente domingo su taller, que estaba sobre la avenida Ameghino junto a la casa de su abuela Elvira, la única de la familia que alentaba sus sueños deportivos (y que aparentemente los solventaba).

Fue ese domingo que ya mencioné en el que Richardson, apartándose de su cronograma habitual, realizó su actividad pública con las historias clínicas. Y fuimos al lugar en el que el muchacho, cuyo nombre no recuerdo, preparaba su moto de carreras.

Pero ése será tema de otro apunte porque algunos detalles, que no son pocos, los tengo algo borrosos en mi mente y trataré de recuperarlos con mayor definición.

Ya la historia se va deshilachando en mi memoria, pero todavía quedan algunos elementos significativos y siempre curiosos que dan sustento a algunos apuntes adicionales que la irán completando.

El próximo será, si Dios quiere, sobre ese domingo especial del show extra brindado por Richardson con la presencia de sus hijos, la charla de Olga con el médico, mi intento de hablar con él, la carrera de motos en el circuito de los lagos, la transmisión por radio de la carrera, nuestra visita al taller... todo eso ocurrió en un único día - de esos días míos que no coincidían con nada y que eran marcados por la continuidad de uno de mis "sueños". Seguramente se han puesto un poco más borrosos porque, en terapia intensiva o en la sala destinada a los que habíamos salido de una intervención quirúrgica, mi alma - si era eso - hacía cada vez más frecuentes intentos de retornar al cuerpo y lo lograba con mayor éxito.

Será hasta el próximo apunte.

Daniel Aníbal Galatro

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