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15 may. 2012

Recuerdos de mi muerte - Apunte 15 - Historias clínicas y good show!



Cambien la entrada por puertas de "blindex" y tendrán una visión bastante similar a la del acceso al hotel.
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Una mañana, pese a que mi cuerpo material continuaba yaciendo en la cama de Terapia Intensiva conectado a diversos aparatos que lo mantenían funcionando, eso de mí que mantenía sus ratos de libertad deambulando por todo espacio disponible se encontraba de pie frente a una de las altas ventanas de la clínica que daban a la calle Sarmiento.

Era la ubicada más cerca de la esquina con 9 de Julio, y desde allí podía ver con claridad el hotel del Dr. Richardson. Alguien más, creo que el padre de Joel, estaba a mi lado también observando.

Atraía nuestra atención el hecho de que, pese a que recién estaba amaneciendo y seguramente eran las 7 de la mañana o poco más, había movimientos en el sector de entrada del edificio, bajo el alero sostenido por las grandes columnas.

Un par de operarios vestidos con "mamelucos" de trabajo azules estaba trayendo desde el interior del hotel unos muebles que colocaban contra la pared externa. Eran unas estanterías que lucían antiguas, una especie de escritorio y otras cosas así.

Alguien que circulaba por detrás nuestro nos dijo que eso que estábamos viendo ocurría todas las mañanas de los días hábiles. El Dr.Richardson, junto con su suegra que era para todo su principal ayudante en la Clínica, se ocupaba de revisar una por una cada historia médica de los pacientes internados, la analizaba y determinaba qué pasos se seguirían con ese enfermo ese día.

De la suegra del dueño y director de la Clínica volveré a escribir algunas cosas pues la recuerdo perfectamente y me llamó mucho la atención la importancia que ella tenía para el funcionamiento de todo el sistema.

Mientras todo ese espectáculo en la entrada del hotel iba siendo montado por los ayudantes dirigidos por la citada señora, algunas personas se iban acercando para verlo porque resultaba algo curioso y atractivo. Algunos se quedaban de pie pero otros se sentaban sobre los troncos transversales de madera que integraban la verja paralela a las veredas.

Ese primer día de sólo observación del "show" me permitió tener una idea general del asunto. Vi que llegaba una camioneta del Canal 4 con un reportero y un camarógrafo, y luego también un par de "noteros" de emisoras de radio locales. Era evidente que ese extraño espectáculo se había convertido en habitual y de interés para los esquelenses. Y, ¿por qué no?. un atractivo turístico más para los visitantes ocasionales.

Cuando todo estuvo dispuesto, el médico apareció vestido con un guardapolvo blanco impecablemente almidonado. Daba indicaciones a su suegra-colaboradora y revisaba, una por una como dije, cada historia clínica. La tomaba del escritorio, la leía con cuidado en voz alta, daba sus opiniones, anotaba algo en ella y la colocaba en un estante determinado de un mueble cercano previamente elegido por alguna razón que yo desconocía.

El espectáculo duró hasta aproximadamente una hora y media o dos. Había espectadores que se habían traído el termo y aprovechaban el rato para tomar unos mates como desayuno.

No recuerdo si los que lo seguíamos a través del ventanal permanecimos observando todo el tiempo. Pero sí yo estuve allí mirando cuando el doctor dio por terminado el show y se retiró, lo que permitió que, bajo la dirección de su suegra vestida con un guardapolvo celeste más discreto que el de Richardson, organizara a los dos operarios para volver a ingresar al hotel todos los muebles y demás elementos que habían traído al exterior.

Un detalle que acabo de recordar: en algunos momentos y seguramente por exigencias de la historia clínica que estaba analizando, el doctor se acercaba a un mueblecito que estaba junto al escritorio o quizá encima de él (no veía yo bien desde donde estaba) y tomaba unos tubos de ensayo, pequeños balones de vidrio, pipetas y demás para echar un líquido que supuse era la orina del paciente y adicionarle algunas gotas de reactivo. Lo agitaba suavemente, lo miraba con atención y anotaba en el papel lo que debía ser el resultado de su observación.

En varias otras oportunidades, quizá dos o tres, fui parte del público de este espectáculo matinal protagonizado por el doctor. En una de ellas vi que Olga estaba entre los asistentes ubicados en primera fila y luego hablaba con Richardson, y en otra yo mismo crucé la calle y me senté sobre la verja de troncos tratando de llamar la atención del médico, pero lo que ocurrió en ese día en particular será tema de otro apunte.

Y dejo aquí asentado, para no omitirlo luego, que un día domingo también se realizó el "show" pero esa vez con la presencia de los dos hijos del doctor. Uno de ellos era un joven de aproximadamente 17 años y la otra una chica que tendría unos 15, vestida y peinada al mejor estilo "punk". El varón reaparecerá en esta historia porque tuvimos un par de contactos con él en mi experiencia que, según algunos profesionales etiquetables como "racionales", fue solamente el efecto de las drogas que recibía para inducir mi estado de coma. Aunque, a esta altura del relato, alguno de ustedes puede haber llegado a considerar que las cosas fueron mucho "más allá".

Intentaré recordar el nombre de la suegra del médico porque me parece significativo para la historia. Estaba perfectamente de acuerdo con su aspecto: una mujer de aproximadamente 1,60 metros de estatura, algo encorvada, siempre con rostro serio y hasta triste, pelo corto sin cofia ni nada parecido, de pocas palabras pero mucha capacidad de trabajo, preocupada porque todo saliera siempre bien en la clínica. Y ese nombre que me da vueltas por la cabeza sonaba como Eufemia o algo así, antiguo, de campo, de persona absolutamente común. ¿La edad de la mujer? Unos sesenta años, quizá, adecuada a la de su yerno, que parecía rondar los cuarenta y pico largos.

La esposa de Richardson nunca apareció en mis visiones, aunque supongo que la tenía porque nunca nadie me dijo lo contrario.

Les dejo un trabajo relacionado con este apunte: si tienen ganas, les pido nombres de mujer comenzados con la letra "E", comunes en los años 50 en zonas rurales. Creo que si lo veo escrito lo recordaré más fácilmente. Podemos intentarlo.

Un saludo con el afecto de siempre.

Daniel Aníbal Galatro

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