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9 may. 2012

Recuerdos de mi muerte - Apunte 10 - La computadora enorme




En mi experiencia "extracorpórea" hubo una gran protagonista: una computadora que estaba instalada en el gran hotel y se utilizaba para brindar servicios a éste y a la clínica. El propietario de ambos lugares, el ya mencionado Dr. Richardson, la había adquirido en un viaje realizado meses antes no recuerdo si a EEUU o a Europa, porque estaba seguro de que iba a ser un gran avance no solamente para sus empresas sino también para la ciudad de Esquel.

Quien actuaba como responsable de este equipo era José Luis, el enfermero, realizando sus tareas con ella fuera de las horas que trabajaba en la clínica. Y estimo que cobraba su labor informática como horas extra.

En realidad me pareció que a José Luis no le interesaba mucho esa actividad porque no ponía demasiado empeño aunque sí el necesario y suficiente para que la computadora funcionara. De todos modos, estaban a una altura del proceso en la que la tarea fundamental era cargar múltiples programas. Cada uno de éstos venía grabado en un cassette de cinta magnética más ancho que los habituales, que venía en una caja de unos 20 cm por 10 cm y mostraba una etiqueta amarilla que podía yo ver de lejos. Otros enfermeros participaban de esa labor de carga.

La PC especial que vi allí (y que además tenía una terminal en un taller mecánico relacionado con el hijo del médico) había costado 66.000 dólares y era multifuncional, realmente una maravilla (o al menos eso me pareció porque soy un admirador de esos aparatos desde 1970).

Muchos apuntes tendrán que ver con ese aparato pues protagonizó varias de mis experiencias durante esos días o noches en que me iba de mi cuerpo dejándolo en terapia y recorría diversos lugares de la clínica, del hotel y una vez también del taller.

Para llegar a la sala donde estaba el centro de cómputos había que entrar al hotel, subir algunos escalones que estaban a la derecha y luego seguir hacia el fondo por el pasillo en el que un largo mostrador se extendía hasta un hall del fondo. Luego se doblaba a la izquierda, se caminaba unos tres metros y, ascendiendo dos escalones más, se enfrentaba la puerta de ese centro. No solamente estaba allí la gran computadora sino también una especie de microcine en el que se podían proyectar las imágenes que la PC generaba y que alguna vez utilicé, como ya relataré en su momento.

Poco a poco estaban instalando terminales y monitores de ese equipo en todos los sectores de la clínica, utilizando como pantallas las ventanas que en cada uno se encontraban, no solamente en los lugares destinados a los enfermeros sino también en las salas de los pacientes y en un gran salón donde éstos recibían las visitas de sus familiares.

La razón de este diseño era que en los monitores interactivos no solamente se podían realizar consultas a los programas que se iban cargando sino también podía seleccionarse cualquier canal de televisión del mundo.

Evidentemente, o me pareció así a mí, el Dr Richardson era un genio, un precursor que había comenzado a volcar sus excelentes ganancias comerciales (de la clínica y del hotel) en proveer a ese sistema de recursos de la más moderna tecnología que significarían un avance fundamental para la ciudad.

Es por eso que llegué a la conclusión de que, en no mucho tiempo más, esa clínica se convertiría en la Escuela de Medicina de Esquel, por la calidad de los profesionales, enfermeros y personal auxiliar que yo veía que tenía.

Fuera de estas sensaciones producidas por mi experiencia en coma inducido y ya regresado "a la realidad", sigo pensando lo mismo con respecto a este equipo multidisciplinario que actúa en el Hospital y me permito prever para esa institución su paulatina transformación en una verdadera Escuela en la medida que cuente con el respaldo económico y político de los gobiernos bajo cuya responsabilidad esté.

Volveré, como dije, al tema de las cosas que tuvieron con ver con la presencia allí de esa computadora tan especial, porque me permitió acceder a datos que en ese momento desconocía pero que luego de salir de mi grave trance y ya en casa pude verificar en esa realidad exterior.

Sigo agradeciendo el aliento, las consultas, todo lo que ustedes hacen para posibilitar que me atreva a continuar con este relato que realmente se grabó en mí como absolutamente real. Bien acotó la excelente neuróloga del hospital cuando dijo algo así como "¿quiénes somos nosotros para decir si lo que dice que vivió no lo vivió realmente o fue sólo una consecuencia de la morfina?". Creo que dejar las puertas abiertas a toda posibilidad es una manifestación de admirable inteligencia y de real espíritu científico.



Daniel Aníbal Galatro

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