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5 may. 2012

La noche de las dos lunas


Lo recuerdo muy bien. Fue en aquel raro 2007 en el que muchos tomamos conciencia del comienzo de una nueva glaciación, quizá la primera de la que el ser humano pudo ser testigo.

Otros, tal vez más numerosos que nosotros, atribuyeron el fenómeno a las acciones contaminantes no reguladas que el progreso había generado y lo vieron como una venganza de la naturaleza o un acto de justicia divina. El sentimiento de culpa judeocristiano había comenzado a florecer como en tantas otras épocas pasadas y todavía nadie podía siquiera suponer que crecería a la par del nivel de las aguas de los mares.

Sabía que el 27 de Agosto sería un momento más en mi vida en el que podría observar algo especial en el escenario maravilloso que me rodeaba. Esta vez no sería una nevada inesperada y extraña, consecuencia, casi absurda para los legos, del nuevo calentamiento global. Lo que esa noche ocurrió estaba perfectamente anticipado y calculado desde mucho tiempo atrás. Se sabía que ocurriría por esos días y no había duda de que volvería a suceder doscientos ochenta años después.

El vecino planeta Marte se acercaba inevitablemente a sólo poco más de treinta y cuatro millones de millas de distancia poco después de medianoche y se lo podría ver claramente, con el tamaño y la espectacularidad de una luna llena. Y serían entonces, aparentemente, dos de ellas quienes reinarían esa madrugada en el cielo.

Me hubiese gustado ir hasta el extremo de Punta Ballena para observar. Porque esos dos manantiales de luz emitiendo caudales blancos y rosados a un mismo tiempo, merecían un fondo como el de Casa Pueblo.

Pero debí conformarme con un lugar menos espectacular, frente al río, cerca de donde alguna vez estuviera la Punta de Lara. No era realmente un sufrimiento pues las dos lunas hacían que lo que entonces era una playa se viera extrañamente hermoso.

Me dio la impresión de que toda esa ribera tomaba este suceso astronómico como un espectáculo más de una sucesión preparada para su despedida, antes de que el río creciera inexorable y la devorara. Ya había ocurrido antes y sabía que cuando las aguas volvieran a bajar muchos años después podría lucir su belleza nuevamente.

Estaba allí sentado en la arena, solo en ese rinconcito del mundo, observando los reflejos irrepetibles que esos dos protagonistas producían en el agua amarronada, en la arena húmeda, en los antiguos sauces, en el techo y en los cristales de mi automóvil.

De pronto, una nueva luz mucho más pequeña se sumó a la escena. Al principio la supuse una estrella que una nube estuviese ocultando, pero pronto comprobé que se movía con rapidez y crecía en tamaño e intensidad a medida que se aproximaba.

Cuando ya tenía dimensiones suficientes como para desviar mi atención de una Luna y un Marte que continuaban brindando el espectáculo principal, su rumbo cambió bruscamente y tomó una trayectoria paralela a la costa. Un par de segundos más tarde pareció dejarse caer en las aguas del río para desaparecer allí.

Ya amanecía cuando regresé a la ciudad. Esa mañana todos hablaron de las dos lunas. Hasta atribuyeron el fenómeno a una confirmación más del próximo fin del mundo, o a una señal divina del castigo que se cernía inevitable sobre la raza humana, entre cientos de otras curiosas explicaciones.

Pareció que nadie más que yo había visto la tercera luz que se acercó a la costa y se sumergió en el río. Tampoco relaté lo sucedido a ninguna otra persona, hasta hoy. Quizá era tiempo de agradecer públicamente el obsequio especial de aquella noche.



Daniel Galatro
2012

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