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5 may. 2012

Hoy cumplo 60

Hoy cumplo 60 - 1


Era una lluvia fina y persistente. Tan fina que parecían necesarias miles de esas gotas para formar una sola lágrima. Tan persistente que daba la impresión de que siempre hubiese estado cayendo y de que seguiría cayendo por siempre.

La miraba a través de los cristales, húmedos por fuera y por dentro. Por fuera, bañados por la lluvia fina y persistente. Por dentro, empañándose poco a poco con el vapor de la habitación tibia y con el vapor de mi aliento.

Tenía que salir, a pesar de la lluvia. Quería salir. La habitación tibia me iba pareciendo hora tras hora más pequeña. Sus paredes, cuya mala pintura era apenas un casi totalmente descascarado mal recuerdo, se empecinaban en deslizarse lentamente cada una hacia la opuesta, y yo, en medio de ellas, más oprimido, más atrapado. Si me quedaba allí, moriría aplastado entre esas cuatro odiadas paredes descascaradas.

Del viejo perchero tan estropeado como la habitación colgaba mi gabán gris junto a una bufanda que alguna vez me tejieran intentando que me cuidara del frío. cosa que nunca hice. La bufanda me vio partir sin que supiéramos, ni ella ni yo, que jamás volveríamos a encontrarnos.


*Hoy cumplo 60 - 2*

La fina y persistente lluvia me dio en el rostro sin causarme dolor ni placer; sólo la molestia de no poder mantener los ojos abiertos como siempre. El frio sí me produjo una sensación incómoda como no recordaba haber sentido nunca antes. Es que nunca antes había cumplido sesenta años, ni había estado tan solo ni había estado tan triste.
Un sexagenario que se atrevía a salir a la calle con ese tiempo tan malo. Si el frío me hubiese provocado una neumonía o algo así, no faltaría quien dijera "al menos podía haberse puesto la bufanda".
Pero yo no me sentía viejo. Sí solo. Sí triste. Sí incómodo, molesto, oprimido y atrapado. La vida había ido dando vueltas y vueltas hasta dejarme allí, en la deprimente habitación que solamente tenía la virtud de ser tibia. Si al menos sus paredes no insistieran con tanta terquedad en aproximarse mutua y contínuamente las unas a las otras, quizá me hubiese quedado dentro hasta que la lluvia cesase. Pero no tuve más remedio que salir para salvarme de morir aplastado.
En la calle, nadie. O quizá alguien que no podía distinguir por esas gotitas que me daban en los párpados obligándome a cerrarlos casi todo el tiempo.
¿Por qué elegí caminar hacia la derecha y no hacia la izquierda? No lo sé. Siempre me pregunté cómo eligen los perros su camino cuando salen a vagar por las calles; por qué doblan hacia allá en vez de hacerlo hacia acá. ¿El olfato los guía? ¿Los sonidos? ¿O, como yo, toman un camino entre tantos simplemente porque sí? En fin, hacia la derecha rumbo a la esquina, bajo la lluvia, caminando apresuradamente como si fuese hacia algún lugar.
Luego de un par de cuadras pensé en regresar a la habitación tibia. Ya mis cabellos no podía contener tanta agua y la dejaban caer hacia mi cuello mal protegido por el gabán echado apenas sobre los hombros, y por mis sienes, y por mi frente. Pero no, no volvería. Las paredes debían haberse acercado mucho para esa hora y seguramente no iba a poder abrir la puerta. Mejor sería seguir adelante y buscar refugio en algún bar. Y eso hice.


*Hoy cumplo 60 - 3*

Recordaba uno frente a la plaza. Era cuestión de soportar la lluvia otras dos cuadras para llegar allí y tomar un café doble con crema bien caliente. El frío y la humedad hacían a cada paso que se alejara mi intención de continuar caminando y buscara procurarme una situación más confortable. Y, al mismo tiempo, podría colocarme bien el gabán que cada vez se hacía más pesado al absorber el agua que caía.
En el bar, apenas una mesa ocupada por tres muchachos bebiendo cerveza y mirando sin entusiasmo un partido de fútbol en la televisión. Detrás del  mostrador, un aburrido empleado que dejó de observar el encuentro para fijarse en mí sin mayor interés mientras yo empujaba la puerta y me introducía en el salón.
- "Un café doble con crema, bien caliente, por favor."
- "La crema se terminó."
Empezábamos mal.
- "Sin crema, entonces."
Obviamente. Me sentí tonto en cuanto terminé de decirlo.
Eché un vistazo al televisor. Nunca me interesó demasiado el fútbol. De tanto en tanto miraba algún partido que la gente estimaba importante pero no me entusiasmaba demasiado. Sí me preocupaba por conocer de vez en cuando cómo iban los equipos más populares, o los resultados de los llamados "clásicos". No por mí, en realidad, sino para tener al día siguiente la posibilidad de participar de las charlas de mis amigos y compañeros de trabajo sin pasar por demasiado tonto.
Aunque, pensándolo bien, creo que pese a saber lo más destacado de la tabla de posiciones y dejar caer en la mesa del café de tanto en tanto un comentario futbolístico, la mayor parte de los que me conocían consideraba que, de todos modos, era yo un tipo bastante tonto. No solamente por mi ignorancia deportiva sino por las cosas que me pasaban una y otra vez en la oscura vida que me había construido. Porque era así, realmente. Vivía por omisión y no por acción. Forjaba cada siguiente minuto y cada siguiente desgracia no haciendo. En la niñez, en la adolescencia, en la juventud, en la madurez.
- "Su café doble, señor."
Desperté de pronto de ese estado de ensueño o lo que fuera en lo que me había sumido mirando sin ver la pantalla del televisor.
- "Gracias."

(continuará)
Daniel Aníbal Galatro



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