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20 jul. 2011

"Modelo extractivo desarrollista": respuesta al historiador Jorge Oriola

Por Pablo Quintana *
en Puerta Esquel

No es la primera vez que leo este tipo de reflexiones de quienes, a mi parecer, se encuentran en un estado de contracción (más que de contradicción) permanente por resguardar un gobierno al que entienden progresista pero que en la práctica (como lo señala Michel Foucault en su libro El nacimiento de la Biopolítica) intentan “saber cómo se puede ajustar el ejercicio global del poder político a los principios de una economía de mercado”. Para el filósofo francés “el neoliberalismo no es Adam Smith; el neoliberalismo no es la sociedad mercantil; el neoliberalismo no es el gulag en la escala insidiosa del capitalismo”. Es mucho más que ello.

En todo el mundo, cuando las economías van bien, casi sin distinción de clases sociales, muy pocos reniegan de modelos, sistemas o métodos de desarrollo o progreso, es más algunos (los más acomodados) reclaman profundizar políticas para sustentar la prosperidad y otros (los excluidos de siempre) tan sólo mendigan por ser incorporados a ese bienestar.

La postura en “la defensa acérrima” de un ambiente sano, entiéndase esto con convencimiento, información, decisión y de forma tenaz, no busca otra cosa que la protección. Se está a la defensiva (actitud de desconfianza y recelo por temor a un ataque físico o moral), porque el avance extractivo (para no entrar en distinciones de minería, monocultivo, etc) continua en pleno desarrollo.

Hoy se da la misma lógica perversa con la que pretendieron embaucarnos en Esquel allá por el 2002/2003, en la que llegaron encubiertos de promesas de desarrollo y progreso para toda la región. Con un país caído a pedazos nos prometían otra vez ingresar al primer mundo aunque, claro, no de forma tan burda como lo hizo el riojano.

Ahora pretenden que frente a este modelo destructivo no sólo lo denunciemos, intentemos detenerlo, sino garantizarles juicios alternativos de crecimientos mercantilistas.

Pero el progreso, progresismo, ya no sé como denominarlo, utiliza una lógica inversa y mientras intentamos definir aspectos alternativos avanzan a pasos agigantados. Primero se instala y después, en todo caso, se discute. Es un proyecto que no escatima análisis alguno, porque su propia dinámica ni siquiera va de la mano con aquellas comunidades alejadas de los grandes centros de decisión (y ya no me refiero a la Casa Rosada), donde la calidad de vida o autodeterminación de los pueblos, son un ítems que no figuran.

Bernardo Tirelli, especialista en planeamiento industrial, sostiene que "ni la concentración ni la extranjerización son un mal en sí mismo, el problema es cuando se pierde soberanía, porque las decisiones se toman fronteras afuera".

Dicen los manuales “que las preguntas formuladas por los pensadores clásicos en torno al progreso –entendido como capacidad de satisfacer las necesidades humanas mediante la innovación y el incremento de la producción- tuvieron que incluir, ineludiblemente, un interrogante que, por otra parte, continuaría acompañando a todos los debates sobre el desarrollo hasta nuestros días: ¿Podrían todos los países y todas las sociedades beneficiarse por igual del potencial generado por el capitalismo industrial o, por el contrario, estaríamos ante un juego de suma cero en el que lo que unos ganaran sería, necesariamente, a costa de lo que otros perdieran, como habían sugerido anteriormente los mercantilistas?” (Koldo Unceta Satrústegui de la Carta Latinoamericana Nº 7).

El modelo destructivo, sea este neoliberal o bienestarista, no contempla beneficios por igual. Al fin y al cabo la brecha entre ricos y pobres en nuestro país tiene hoy la peor desigualdad de ingresos desde 1974, año desde que el INDEC registra esos datos. En la actualidad el 10% más rico de la población de la Capital (allí donde está el derechista Macri) y el Gran Buenos Aires (donde gobierna el progresista Scioli) gana 26,4 veces más que el 10% más pobre. El año pasado esa brecha era de 24,8 veces y en los años 70 de apenas 12 veces.

Nada más falso y engañoso que aquello de “facilitar estas economías extractivas para obtener fondos para desarrollo del mercado interno y subsidios reparadores frente a la pobreza y la miseria”. Alejandro Páez, el maestro de matemáticas que ganó en las últimas elecciones la intendencia de Andalgalá, en Catamarca, lo dijo sin medias tintas: “autoridades provinciales y compañías mineras internacionales permiten que su pueblo continúe sumido en la pobreza mientras, a pocos kilómetros de ahí, se extraen miles de millones de dólares en metales preciosos”. Bajo La Alumbrera comenzó su explotación en 1997. ¡Hace catorce años y sólo contamos impactos ambientales y marginación, además de denuncias judiciales!.

PENSAR EN NADA

Parafraseando a Atilio Borón, entonces, habría que recordar que “hoy, luchar contra la dependencia exige buscar algún mecanismo para reactivar, organizar y concientizar a los sectores populares, que son los que pueden impulsar un cambio, porque, en este modelo de capitalismo dependiente y subdesarrollado hay clases y sectores sociales que la pasan muy bien y no serán ellos quienes van a luchar para poner fin a esta situación”. Y no veo que se esté exponiendo este tipo de debates ni a través del grupo Clarín pero tampoco por intermedio de 678. Estos nuevos actores, que encarnan la teatralización de los dos demonios (esa que pareciera nos imponen de vez en cuando a los argentinos), se disputan salvajemente en la mediocridad y tienen coincidencias en temas tan relevantes como las políticas extractivistas. Aquella política neoliberal reinante en los ’90 (que hoy condenamos todos a viva voz) donde completas y absolutas garantías se abrieron para las empresas llamadas transnacionales, y para el poder económico mundial globalizado, se mantienen en status quo.

Eso sí, las jugosas porfías giran en torno a la grilla de cablevisión, las pruebas de ADN de los hijos adoptados de la viuda de noble, los ascos de Fito Páez (que fue un exabrupto) o los votos calificados de Pino Solanas (condenado por la prensa oficial).

En esa otra discusión, la del verdadero modelo de país, no hay marcha atrás. Argentina, y si se quiere el continente latinoamericano, se encuentra frente a un umbral del que no se vuelve. Las actividades extractivas son un viaje de ida. El desalojo del campesinado y comunidades aborígenes, la castración de la tierra, la ruina del suelo en detrimento de otras actividades, no amerita demasiadas concesiones porque no hay trabajo de remediación que la recomponga a su estado natural. Demos gracias a intelectuales de la talla de Maristella Svampa o Norma Giarracca, tan sólo para nombrar algunos ejemplos, que lejos de un reduccionismo conceptual y metodológico que aún hoy se pregonan en ámbitos académicos, permiten reflexionarnos desde otro lugar.

En su libro “La Maldición de la Abundancia”, el economista Alberto Acosta ex integrante del gabinete de Rafael Correa en Ecuador sostiene en su presentación que “debemos entender que el hecho de ser países productores y exportadores de recursos naturales, no conduce al desarrollo. Tenemos que comenzar a pensar que el buen vivir sólo será posible en la medida en que aprovechemos de una manera sustentable –en términos ambientales, sociales, económicos e incluso políticos– nuestras riquezas naturales. Para lograrlo hay que reconocer que el principal factor de producción y de desarrollo es el ser humano, el que, a su vez, siempre viviendo en armonía con la naturaleza, es el sujeto del buen vivir. No podemos pensar siempre en que los recursos naturales, de forma aislada, espontánea y casi mágica, van a resolver nuestros problemas”.

Poner en tela de juicio nuestra oposición a una infinidad de políticas “de desarrollo” que atentan contra nuestro porvenir, no sólo es un derecho que nos asiste sino una obligación. Quizás estas vacilaciones de sentir que sólo hay oposición (por suerte que la hay), sea propio de la reflexión de generaciones (entre las que me incluyo) que vivieron sometidas a los designios de los grupos de poder, sean estos políticos o económicos.

No estamos nosotros para generar políticas alternativas, que está claro que existen. Pero las gestiones de gobiernos no deben ser meramente administraciones de turno sumiso a los designios del mundo globalizado.

¿Deberíamos aclarar que no pretendemos volver al modelo neoconservador de los ’90, sino por el contrario?. Es decir, que lo que algunos reclaman es que efectivamente ese andamiaje de entrega sea desarticulado, de manera firme antes de que sea tarde.

La clase política dominante actual –y muy especialmente sus expertos en economía- demuestran una notable incapacidad para enfrentar el estudio de no pocos problemas del mundo vigente.

Ah!, eso sí!. Hace tiempo que caemos en un lugar común, haciendo juego a la derecha, y es permitir y profundizar un modelo que va en detrimento de la mayoría y en menoscabo de la madre tierra.

* Periodista - Conductor de "La Tijereta" (Radio Kalewche-Esquel)

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