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La Picasa: UNA CUESTIÓN DE ANIMALES - Por Eduardo Juan Salleras


La Picasa
UNA CUESTIÓN DE ANIMALES
Por Eduardo Juan Salleras, 6 de mayo de 2016.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente

Cada vez que salgo por el camino de atrás, hacia Aarón Castellanos, y cruzo el canal que ingresa agua a la zona - ¡ojo! Dije “a la zona” no a la laguna – recuerdo aquel tiempo, hace casi 15 años, cuando se produjo la inundación regional más grande de la historia. Va creciendo como una mancha que se expande día a día, el agua. Y la zona vuelve a ser llamada laguna.

¿Cuánta energía hemos gastado en aquel tiempo en procura de que no se repita? Y se está repitiendo.

Pero, no voy hablar ahora de la inundación en sí porque hoy lo único que queda es taparse la nariz y sumergirse debajo de la ola que viene.

Tomé la ruta nacional Nº7, de Castellanos hacia Diego de Alvear, enseguida se nota la magnitud del desastre. A los 3 o 4 kilómetros veo a mi izquierda una pequeña isla de 50 por 50 metros y unos 10 animales en ella. Todo alrededor, agua.

Las vacas, con algunos terneros, todavía tenían piso seco donde echarse y algo de pasto para mantenerse.

Volví luego a los 5 días, nadie había ido a salvar a las vacas y ya la isla contaba con la mitad de la superficie y diría, sin suelo seco donde dormir.

Fui a la Comuna a avisarles del despropósito, y pedí que alguien se haga cargo de salvar a los animales, aunque carezcan de derecho de propiedad pero, a esa altura de abandono creo que ya no le pertenecen a nadie.

No quiero pasar más por allí porque si vuelvo a verlos, sin que nadie los ayude, la angustia va a ser muy grande.

Y ya sé, estará el que diga: por qué no se preocupa por los seres humanos que están inundados en Entre Ríos y Santa Fe:

Porque desde aquí no alcanzo, desde lo que soy, no puedo.

Porque los seres humanos son ciudadanos y tienen un Estado que les debe dar soluciones.

Porque la mayoría son contribuyentes, e incluso eligen a sus gobiernos para que se hagan cargo de la cosa pública, como evitar las inundaciones, y si se producen, salvar la circunstancia.

Las pobres vacas ya perdieron además a su dueño, nadie parece hacerse cargo de su salvataje. A mí, por distancia, se me hace imposible rescatarlas.

Es tal el desprecio que tenemos los argentinos por todo, que no se puede esperar otra cosa de esas pobres vacas, que terminen flotando en la laguna, o mejor dicho, en la zona inundada.

Porque dejamos pasar más de una década sin que pase algo útil, es que estamos de vuelta en lo mismo. Parece no haber servido todo aquello que se perdió por aquel entonces.

No hemos resuelto nada a pesar que están las mismas caras.

Como no podía pasar de otra manera en la Argentina, buscaron soluciones políticas a un problema técnico.

Hubo propietarios que ya sacaron la hacienda de los campos.

Hay agricultores que ya perdieron sus cosechas y el que mejor está, ha logrado levantar un poco pero, no tendrá caminos por donde hacer efectivo su esfuerzo.

El estado de la red vial secundaria (de tierra) es preocupante, no solamente por los pantanos y agua sobre las calles, sino que en las partes secas cede el terreno con el peso de los camiones que circulan por donde todavía se puede.

Y seguirá viniendo agua, en volúmenes peligrosos como se ve hoy, más allá que en nuestra zona no ha llovido tanto como para ver este desastre. Llega el agua desde lejos con una velocidad inusitada. En cualquier momento pasará un joven haciendo surf por el canal.

Día a día se ve cómo aquella pequeña laguna - menor a 2000 hectáreas - se va transformando en un mar, que tal vez termine con la vida de aquellas vacas y terneros que perplejos ven como el agua se lleva el suelo donde pisan, el campo donde pastaban y sobrevivían, probablemente felices o satisfechos de lo que les tocaba. ¿Qué van a pensar esos pobres animales que los hombres, dotados de inteligencia y sensibilidad, se pasarían casi 15 años intentando resolver lo conocido y al fin no lo hicieron?

Claro, la hacienda no sabe nada de política, ni de la estupidez humana, mucho menos de la mezquindad. Ni decir de técnica, aunque parece ser que en ello se parecen a los hombres.

Sí, estoy hablando otra vez de “La Picasa”, ya no de la laguna sino de la zona inundable del sur de Santa Fe. Una cuenca cerrada que debe hacer desaparecer mágicamente en su cuenco, el agua que no entra en su capacidad, la que llega de todos lados.

Se hace muy difícil entender algunas cosas, muchas son tan obvias que lastiman.

La mayoría son tan evidentes que dan para la sospecha.

Mientras otra vez las familias rurales de la zona, ven como se ahogan nuevamente sus cosas, entre tantas un puñado de vacas a la deriva, a la vista de todos a un costado de la ruta, pasaron un montón de años secos en los que juguetearon a la política sin analizar profundamente lo técnico y lo sensato, y otra vez, como si fuera un castigo a la inoperancia, regresa el agua, vuelve la inundación y la culpa.

Es desgastante predicar en el desierto.

Agota toda las fuerzas de la verdad y del camino de la razón, ante tanta necedad, o tal vez ignorancia, o peor aún, el no querer…

… pido al menos, urgente, salven esos animales.

EJS

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De padre e hijos; de viejos y jóvenes - Por Eduardo Juan Salleras



De padre e hijos; de viejos y jóvenes
ES TODA UNA CUESTIÓN
Por Eduardo Juan Salleras, 28 de abril de 2016.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente

Hace un tiempo, un amigo me decía que estaba preocupado por su hijo, que no levantaba vuelo… debo aclarar que el hijo de mi amigo es un tipo adorable, simpático, amable, servicial; con una sonrisa permanente, y además trabaja. Comprendo a mi amigo porque siempre los padres pretendemos lo mejor para nuestros hijos. Además él es alguien que la peleó de abajo y hoy tiene lo que consiguió con esfuerzo y dedicación. Lejos de la riqueza pero, muy por encima tal vez de sus expectativas primarias. Y querrá lo mismo para su descendencia, es lógico…

Hace pocos días me encontré con una amiga que tiene tres hijos intelectualmente brillantes. Le comenté que me gustaría hablar con alguno de ellos. Se sorprendió por mi interés. Le dije que yo me consideraba estar en la media, que era el prototipo del hombre común, ya que estuve siempre alejado de ser un estudiante sobresaliente, entonces, necesitaba dialogar con un joven estudioso, ya que de acuerdo a mis esfuerzos educativos fui un mediocre y tal vez, con un cierto disimulo lo siga siendo, o no, o quizás superé mis propias expectativas.

Pero bueno, apenas llegué a Buenos Aires me entrevisté con su hijo menor. Lo invité a tomar un café y apenas le planteé la situación se mostró genial: - Yo no soy brillante, sí mis hermanos. Enseguida comenzó a comentarme sobre sus limitaciones. Notable.

Me enfoqué con la charla en el tema de mi amigo: ¿Qué debemos ser? ¿Exitosos, brillantes, lo que nos dé el pellejo…? Confundido al principio el joven, se centró en lo que él consideraba un fracaso para sí.

Gracias a Dios nuestra vida no tiene una sola meta. Debemos ser buenos estudiantes, buenos hijos, buenos profesionales, buenos padres, buenos trabajadores, buenos amigos… debemos ser lo mejor posible en todo lo que nos toque en gracia. Así equilibrar la balanza de nuestra vida.

Si nos dejamos atrapar solamente por el fracaso en uno de nuestros propósitos, quedarán huérfanos los otros objetivos.

¡Qué palabra ésta: fracaso! Parece que a todos molesta y sin embargo anda pululando por nuestra vida, metro a metro, minuto a minuto, y algunos para no acomplejarse hablan apenas de frustración.

El fracaso es cada uno de los escalones que nos conducen al éxito, dijo uno por allí, aunque mi hija menor, a la que hice entrar en la discusión en otro tiempo y lugar, ligada profesionalmente al arte, me dijo algo muy categórico: - no siempre el éxito viene atado a lo brillante. Y es cierto.

Mi otra hija, me contó que ella conoció gente verdaderamente deslumbrante y que no podía manejar su genialidad y así vio derrumbarse al sobresaliente, alguno de los cuales no supo salir jamás, tal vez por miedo de enfrentarse a un nuevo naufragio personal.

¿Nuestros hijos deben ser lo que pretendemos nosotros que sean o lo que ellos quieren?

Una cosa no quita la otra, aunque siempre es más importante que los jóvenes de hoy tengan claro cuáles son sus objetivos, o ¿cuáles deben ser ellos?

Desde la experiencia uno puede sugerir, guiar, mostrar las alternativas que tiene la vida para cada cosa y antes de caer en la prueba y error, evitar que ocurran la menor cantidad posible de fracasos, que como dije anteriormente, están ahí esperando para atraparnos, jóvenes o viejos, principiantes o experimentados.

Tal vez alguno diga que mi amigo no es ni brillante ni exitoso. Para mí sí lo es porque superó con holgura la media, excedió probablemente sus propias expectativas. Sin duda, él es un modelo a imitar por sus hijos.

Vamos en la vida por caminos diferentes pero creo que con similares objetivos, eso no nos hace distintos, siempre y cuando, tanto él como yo, logremos llegar a donde queremos.

Igualmente las nuevas generaciones, a las que se nos hace difícil muchas veces explicarles que de nuestros yerros y aciertos se puede aprender, ahorrar tiempo y desgaste. No los hacen desiguales los logros, sino los objetivos que pretenden alcanzar.

Según mi hija mayor, su generación tiene más presiones que la nuestra, aunque aceptó que nunca, ni mi mujer ni yo, la presionamos. Ella quizás sintió el compromiso con sí misma de triunfar, de alcanzar sus metas.

Conozco otro caso. Una joven, hija de otro amigo, excelente alumna en el pueblo. Terminado el secundario eligió una carrera de enorme exigencia, no solamente intelectual, sino de disciplina de estudio, y fracasó. Luego del luto por la frustración inició otro estudio, el que también abandonó. Esto generalmente deja sus secuelas, la que los padres debemos comprender y tolerar, porque es difícil el desengaño en los años novicios, teniendo en cuenta que tanto el enojo, como la presión, aceleran el desmoronamiento, no lo corrigen.

¿Están preparados los jóvenes de hoy para enfrentar forzadas claudicaciones?

¿Cuál es la vara que ellos deben auto imponerse?

¿Es preferible que se tiren a menos que fracasar o es mejor que le den a la frustración el valor que se merece e intentar siempre un poco más?

Los padres muchas veces nos mordemos la lengua para no intervenir, mirando de lejos cómo nuestros hijos cometen los mismos errores que nosotros o diferentes, y si hablamos, porque hablamos; y si callamos, porque callamos.

¿Cuál debe ser entonces nuestra medida?

EJS

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UN DOMINGO TÍPICO DE OTOÑO - Por Eduardo Juan Salleras


De grises y tristezas
UN DOMINGO TÍPICO DE OTOÑO
Por Eduardo Juan Salleras, 10 de abril de 2016.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente

El otoño arrancó húmedo, muy húmedo.

La estación es así, aunque esta vez parece una exageración, más que humedad es lluvia importante, incesante, alrededor de 200 milímetros en pocos días, y lloviznas frecuentes sin ver el sol.

Los cultivos de verano esperan remojados el tiempo de entregar sus frutos, producto del esfuerzo de todo el estío. De seguir así peligra la calidad del grano y tal vez los rindes.

Hoy es domingo, estoy solo en el campo y, como no podía ser de otra manera, gris y de a ratos garúa.

El silencio es casi absoluto, el canto de algún pájaro que no duerme la siesta rompe con la tarde callada, porque son las 3.

Tengo cosas que hacer pero, siento que algún efecto hizo la mojada de la mañana. Es mejor cuidarse.

No dejo de pensar en cómo arrancó el año, y si digo que ya en enero sentía que algo raro se venía, quizás peque de brujo, adivinador o mal agüero. No me sentía cómodo.

Al golpe climático de febrero, se me sumaron en marzo, la pérdida de dos personas muy queridas. Cuando todo pasa en el momento que no esperamos que pase, es un anuncio de “¡cuidado!”, porque las cosas pasan.

Miro por la ventana de mi escritorio, veo el galpón, el tractor, y una serie de elementos que hacen a la vida cotidiana, a la mía. Quiero salir y no puedo porque, aunque no llegue siquiera a ser lluvia, cae una gota por acá, otra por allá… casi que las puedo contar… me pregunto: ¿salgo o no salgo? La nariz fría, el estado general más o menos, no sé. Hay momentos que deseo tener un día así, que justifique la "fiaca”, el quedarse adentro, el sentarse a escribir o a leer… o tan solo a mirar por la ventana y pensar… también de a ratos recordar.

Es un día triste, propicio para el buen desarrollo de la tristeza.

Veo a través del vidrio como se mueven las pocas hojas de las ramas que quedaron luego del tornado, bailotean suavemente, movidas por el viento que viene del rio, o del Este si se quiere, ese que no nos deja descansar del temporal.

No estoy angustiado pero sí melancólico, es que perdí tanto en tan poco tiempo… y no quiero dejarme caer en el vacío, porque allí afuera, atrás del silencio, que justo en este momento es total, escucho solamente el ruido de las teclas que golpeo en la computadora, tengo una vida que me espera, que solamente un resfrío, o esas gotas aisladas que molestan tanto… que hace frio y calor, el fondo de aire fresco y debajo del abrigo, la transpiración, me alejan de lo debido.

Es un otoño con bombos y platillos. Gris y triste, con cantidad de cosas que producen nostalgias…

… me fui a hacer algo. Le di de comer a los terneros y a juntar un poco de leña. Que pase el tiempo en esta tarde oscura. Sin darme cuenta se hicieron las 6, y el sol, aburrido, comenzó a esconderse, ¡qué sentido tiene seguir despierto si esas nubes no se correrán! Comenzó temprano el crepúsculo.

Unas tostadas, un pedazo de queso y el mate, mientras continúo el escrito… ¿qué otra cosa?

¡Qué silencio en este momento! Sé que el mundo no paró porque las hojas afuera, ventana mediante, veo que suavemente siguen moviéndose, como acunándose, para irse ellas también a dormir.

Es un buen momento para escuchar música…aunque sería una lástima acallar la nada, la calma, la paz.

¿Cuántos darían su situación a cambio de la mía? Esta quietud que apacigua mis preocupaciones, mis angustias, mi rebeldía. Es como tomarme una tregua en medio de la revolución, la que a mis años pretendo omitir pero no puedo. Vivo de tormentas o si se quiere de inquietudes, para ser más suave.

¿Por qué sentir culpa del reposo, si afuera otra vez está goteando?

Sería mejor concentrarme en lo que escribo, total, otra cosa no hay para hacer ¿o sí? Leer, mirar la tele, escuchar música… tal vez sea buena para escapar a pensar, huir de recordar todo lo que en muy poco tiempo se fue, esos viajes sin retorno tanto de los seres queridos que ya no están como las consecuencias de ese tornado de febrero que arrancó de mi vida la historia, diciéndome: “no te aferres al pasado…” nada de lo que construimos hoy nos pertenece más tiempo que el ahora… y si no, pregúntenle a los que se fueron.

No quiero entristecerme por lo que ya no tengo, ya está, no lo tengo. Quiero disfrutar de este atardecer lleno de tristeza.

Sin sufrirla, disfrutando de su enamoramiento. Sin lástima, sabiendo de su existencia irremediable, gozar de sus encantos, de su hechizo.

Una tarde gris de otoño está llena de seducciones, tal vez no tanto estando solo, aunque uno puede traer con la mente, y al corazón, a la persona deseada, al ser querido.

Esa fascinación, en un ambiente como éste, que produce la ausencia de esos ángeles de nuestra vida, que llenan de gracia los días y que a pesar de la distancia, nuestra añoranza acerca su presencia, ya sea en el vivo sentimiento de la nostalgia o del recuerdo.

Tarde gris y triste la de este domingo de otoño. Ahora escucho una paloma que canta cuando ya casi son las 7, ¿qué estará haciendo?

También en el sereno oscurecer se puede escuchar al viento, tal vez solamente una brisa pero que suena entre las ramas y las hojas, las pocas que dejó el tornado.

Mi mente acompaña el anochecer. Se reviven en mi algunas cosas, cuestiones de los sentimientos, de aquellos dañados por los hechos, lo mucho que dejó la pérdida de los seres queridos.

Las hojas del libro de la vida hay que memorizarlas porque ya nunca más volveremos a leerlas.

Si no hubiera sido tan gris y húmedo, si no hubiera goteado a cada rato, hubiera hecho lo correspondiente a mi trabajo, y así haberme evitado relatar la vida en un domingo típico de otoño.

EJS

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EL TORNADO (3ª parte) - Por Eduardo Juan Salleras


Una nueva oportunidad
EL TORNADO 3ª parte
Por Eduardo Juan Salleras, 6 de marzo de 2016.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente

Parece un siglo lo del tornado y tal vez fue ayer, digo así porque fui perdiendo la noción del tiempo, incluso no puedo colocar claramente el orden de los hechos.

Mi memoria está hoy dentro de una nebulosa, como si todo hubiera sido solamente una pesadilla. Sin embargo, cuando recorro con mi vista las cicatrices de tan violenta agresión climática, asumo mi realidad.

Sé que pudo haber sido mucho peor, que hay cosas más graves en la vida a las que uno debe rendirse solamente con resignación. En cambio, mi situación me permite elegir: resignarme o afrontar con la mayor fuerza y rapidez posible, una solución.

Puedo todavía optar, y más allá de las magulladuras y de la desazón, del momento de mi vida en que pasó, tengo fuerza física y de a poco, recuperando la espiritual.

Los momentos en que me encontré solo, fueron los más difíciles.

Recurrí entonces a alguien que trabajó conmigo de tambero más de 20 años, para que me ayude a ordeñar las vacas, es hoy un entrañable y viejo amigo incondicional. Es de esas personas que uno ya sabe que su respuesta va ser un sí, sin miramientos. Entonces con el “Negro”, más allá de sus años, emprendimos la continuidad de la producción, realizando un único ordeñe diario con el grupo electrógeno, ya que necesitaba tiempo para seguir con las tareas de limpieza y reconstrucción.

- Eduardo – me dijo un día el “Negro” – no es mejor secar todas las vacas, yo no tengo problema en seguir viniendo y darle una mano, cuente siempre conmigo pero… puede esperar un tiempo y volver a la actividad… no sé si tiene sentido esto porque estamos tirando toda la leche…

- ¿Me está diciendo de cerrar?

- No, de secar las vacas…

Secar y cerrar es igual, la única diferencia está en el después, volver a funcionar o no. Él me decía de cerrarlo por un tiempo hasta acomodar todo. Ordeñar y tirarle la leche a los terneros es como estar cerrado, perdiendo tiempo y dinero.

- Tiene Ud razón, vamos a cerrar…

La decisión fue un golpe durísimo. Me senté solo a mirar a lo lejos el rodeo. Enorme la amargura. Sin dejar caer una lágrima, mis ojos estaban inundados de tristeza. No había otra alternativa, además el “Negro” arrastraba una lesión en el tendón de Aquiles que le impedía caminar bien, inclusive subir al caballo. ¿Qué más le podía pedir? Siempre está.

Las horas, los días posteriores fueron pesados, cargando una mochila llena de pena. No es lo mismo salirse solo a que lo empujen.

Las vacas cargaban igual, poco, pero sus ubres se veía pidiendo alivio. Hicimos entonces ordeñes cada 48 horas y luego a 72. Toda la leche a los terneros… y de lo que la leche produce, vivo.

Apareció luego un postulante a tambero. Tarde, las vacas poco cargaban ya. De todas formas lo tomé. Y con él y un ayudante, más allá de los trabajos de limpieza, orden y reconstrucción, hablamos de vacas… y cayó, hace unos días, un técnico de máquinas de ordeñar, tarde, ya estaba cerrado. Sin embargo, hablamos de los problemas del tambo… Hay muchas vacas preñadas y unas cuántas paridas, con el ternero al pie…

De pronto sentí un cambio en la química de mi cuerpo. Esa ácida amargura se sumó a la nebulosa del recuerdo, como el tornado. Me di cuenta que todo era ya parte del pasado, aunque solamente habían transcurrido veinte días. Hoy, ahora, me siento distinto. Agobiado todavía pero nunca voy a permitir que me saquen a los empujones.

Tal vez esté cometiendo el error de mi vida, será elección mía no lo que el destino quiera hacer de mí.

Mi mujer, cuándo no, viendo el lado positivo a la catástrofe… Aquel árbol molestaba, hay más luz… ya no podíamos seguir ordeñando allá lejos… las vacas están más tranquilas… ella trabajando como yo de sol a sol para que las cosas vuelvan a ser lindas.

En silencio mi mente comenzó a diseñar la nueva actividad, el volver, diferente pero, ni el tambo ni la fábrica cerrarán. El nuevo tambero, el técnico de máquinas de ordeñar, llegaron justo.

Cuando pasan estas cosas, uno debe tener la lucidez de pensarlas bien, de analizarlas. Se puede deducir también quién es quién en la historia de nuestra vida, no solamente por el apoyo de los amigos, que fueron muchos, sino aquellos que apostaron a que no me caía. Y si bien todavía no me levanté, ni pienso quedarme tirado en el suelo. Sé que va a ser difícil recomenzar. Sé que la mayor pérdida fue el tiempo. Dejaré a un costado las ramas y los árboles caídos, no van a ser ellos quienes me detengan. Arreglaré los techos cuando pueda, hoy ya no se llueven. Liberaré lo necesario. Todas mis fuerzas se centrarán en recomenzar. La vida del campo es así, mi vida fue siempre así.

Gracias Dios mío por haberme dado una nueva oportunidad.

EJS

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EL TORNADO (2ª parte) - Por Eduardo Juan Salleras


No es el por qué, sino el cuándo
EL TORNADO (2ª parte)
Por Eduardo Juan Salleras, 4 de marzo de 2016.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente

Abrí los ojos en medio de la oscuridad y miré la hora con la pequeña linterna: 2 de la madrugada. Logré dormir bastante, deduje. Habían pasado unas 7 u 8 horas del tornado. Era un total silencio y yo inmóvil en la misma posición que me acosté. Alguna claridad se veía en la ventana abierta pero, todo era noche.

Pensé: ¿Qué va a ser de mi vida? Venía mal y ahora esto. Hubiera preferido cerrar por voluntad propia, y no a la fuerza por la violencia del cambio climático. Justo a mí que hago todo lo más orgánico posible. ¿Qué habrá afuera? ¿Qué estará pasando con la hacienda y los cultivos vecinos?

Me entró un poco la desesperación y las preguntas inconvenientes que uno se hace en esa situación: ¿Tendré fuerza para revertir esto o por fin aceptar el retiro, más allá de afrontar la limpieza y restructuración de los daños?

Seguí inmóvil sabiendo que un árbol entero estaba apoyado en mi casa y otros dos por ahí, uno en el lavadero… pensé: es buen momento para morir y ahorrarme todo lo que se viene… pero, no le puedo dejar a mi mujer semejante desastre, pobre, sola afrontar un problema mayor, no, ahora no…

Tomé el rosario y no sé en qué decena volví a dormirme.

A las 4 en punto, mis ojos se abrieron de nuevo y esta vez me levanté, encendí una vela y me senté en el escritorio a anotar las prioridades para cuando el sol permita trabajar.

Sin gas, sin luz, sin agua, por ende, sin mate para tomar y una enorme angustia.

Y al fin amaneció. Al menos luz. Salí entonces a mirar lo que había dejado el tornado, si era peor o no tanto.

Enseguida a fijarme si las vacas estaban en su lugar… era todo un desastre, me tocó peor que no tanto.

Decenas de árboles, cientos de gajos cortados por estrangulación con una violencia nunca vista, como una planta cortada al medio y su parte superior vertical, apoyada sobre su base.

Había movido la caldera de la fábrica, arrancada incluso de la línea de agua, semejante bodoque de hierro macizo… chapas por todos lados…

… y especialmente, todo lo que funcionaba estaba roto, incluyendo 5000 metros de línea de electricidad. ¿Cómo salir del campo por el boulevard de eucaliptus hacia la entrada a 1 km? ¿Cómo traer las vacas a ordeñar con 800 metros del mismo boulevard para atrás?

Todos eran problemas sin solución inmediata.

Muchas veces, en los primeros momentos, me senté en algún tronco de los tantos disponibles a mirar el cómo, y ni hablar de pensar en aceptar la derrota, de retirarme, de vender todo… de admitir que los años pesan, de ceder ante la edad y por qué no, a la seducción de una vida mejor, más tranquila.

Eso me “bajoneaba” mucho, lo único que delante de mí tenía un desastre, que más allá de mis planteos existenciales, había que solucionarlo, había que corregir el paisaje y por sobretodo, sacar los árboles de arriba de las casas.

Pude salir gambeteando entre eucaliptos caídos, cortando campo para llegar al pueblo y contratar a alguien que libere los techos de árboles.

Mi mujer, desde Buenos Aires me compró de prepo un grupo electrógeno para poder hacer el tambo, más allá que había para resolver por dónde pasar con las vacas.

Todo fue muy difícil, de altísima presión emocional, en especial, cuando quedé solo: Ricardo se fue a un nuevo trabajo, algo ya previsto antes del tornado. El tambero desapareció, un día no vino más, y mi mujer debió volver necesariamente a Buenos Aires por un par de días.

¿Y ahora? Unos amigos me prestaron un tractor grande para poder tirar los árboles enteros y moverme, porque a mi viejo Hanomag 75 justo se le rompió la bomba de agua. Además del problema puntual, iban pasando otras cosas que pudieron haber sucedido en otro momento, no en ese.

Voy a dejar las descripciones de lado: fue un desastre y punto, lo es todavía en menor medida, inclusive es peor que el relato porque puedo contar un montón de cosas más, de detalles impresionantes, la cuestión pasa por cuando pasó, en qué momento de mi vida ocurrió… y si hay un por qué.

Yo ya tenía – y tengo – problemas de índole productivo y económico, no financiero. Soy un productor lechero, la leche está paralizada en precio hace más de 5 años, y encima, no soy un tambero convencional. Por ello la pregunta desde hace un tiempo es: seguir o no seguir, trabajar o jubilarme, o si se quiere, retirarme a otra cosa.

Sabía que perdía a Ricardo, que el ordeñador era una bomba de tiempo, muy joven y con pocas ganas. Ese era mi problema cuando llegué el viernes 12 a la tardecita a mi casa, esas eran mis cuestiones. ¿Qué me recibió? El tornado.

Estoy peleándole de frente a una serie de inconvenientes y viene algo por detrás y me pega un golpe en la nuca. Caigo de boca encima de las complicaciones, con la cara en el barro de las dificultades que me planteaba, como para tragármelas.

No es por qué pasan las cosas, porque las cosas pasan, sino en el momento que suceden. Es ahí cuando muchas veces nos preguntamos: ¿Es una señal? ¿Cuál es el mensaje de lo que ocurrió? O, no nos hagamos mala sangre por asuntos menores, que solamente hace falta inteligencia y dedicación para resolverlos.

Generalmente no le encontramos sentido y la mayor esperanza anda por el ya pasó, qué peor puede pasar el resto del año.

Cuando andaba entre las vacas y los terneros, casi tocándolos, esa cruza que me había llevado tanto tiempo lograr, a la que estaba domesticándola después de la agitación que produce en los animales cuando pasan estas cosas - que se dan cuenta antes que uno, de lo que se avecina - nerviosos todavía, con un calor insoportable y mosquitos de todos los colores, que hacía mucho más difícil toda tarea. La hacienda se quedaba desde las 11 de la mañana hasta las 6 de la tarde en la bebida… y yo yendo y viniendo, de sol a sol, haciendo y pensando, y lo digo así, porque en estas circunstancias muchas veces hay que ir para adelante sin pensar demasiado.

Muchos me dijeron: basta…

… ¿Cómo abandonar esta vida… si viví haciéndola?...

EJS

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EL TORNADO (1ª parte) - Por Eduardo Juan Salleras



En el momento menos esperado
EL TORNADO (1ª parte)
Por Eduardo Juan Salleras, 2 de marzo de 2016.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente


Fue la tarde del 12 de febrero pasado.

Viajaba al campo desde Buenos Aires.

Al llegar en mi auto a la estación de servicio para cargar combustible y comprar algunos dulces antes de entrar en la tierra, al camino que me lleva a destino, siento que el calor – venía con aire acondicionado – era insoportable, parecía que estaba prendida la calefacción al máximo. Mal presagio.

De todas formas llegué a mi casa con el sol poniéndose en el oeste. Estacioné cerca para bajar las cosas. Mi meta era ponerme cómodo, cenar tranquilo y mirar por televisión el partido de fútbol de mi querido Club Atlético Independiente, jugaba con Godoy Cruz de Mendoza.

Se veía negro en el horizonte pero, la tormenta se recostó sobre el poniente hacia la ciudad de Rufino. Me dio la sensación que no me tocaba.

Sin embargo, en medio del descenso de los bártulos, escucho una explosión a metros. No era un rayo, parecía más bien un cable de alta tensión golpeando contra el suelo haciendo: ¡Paf! Sonó. Y a renglón seguido unas gotas gordas y viento.

Entro en la casa y escucho un ruido. Salgo y veo la antena de la radio, de 30 metros de altura desparramada junto al auto. La rama de un cedro, lo salvó del impacto.

Entonces busco subirme al vehículo para guardarlo debajo de la galería cuidándome al abrir la puerta para que no la lleve. Ya la volada era incontenible, cuando un gajo que pasó planeando me abrió la cabeza. Apuro los trámites y ya bajo techo, pude ver con claridad lo que estaba pasando.

Todo volaba a mil por hora, para un lado y para otro, como si un gigante enfadado estuviera arrojando cosas a lo loco.

Empezó a llover fuerte y oscureció. Desde ya se cortó la luz. No había visto todavía la magnitud del resultado. Cuando ingreso dentro de la casa, tanto el comedor como la cocina, se llovía a mares, ahí me di cuenta que la noche que notaba en el oeste eran las ramas de los árboles que habían caído sobre casa.

Entre todo, escucho en ese lugar, un ruido raro, cuando entendí que afuera, los dos perros que tengo separados en dos caniles – destruidos por los árboles - para que no se peleen, se estaban matando. Enormes bestias. Abrí la puerta de la cocina, entre la lluvia, esperando que algún relámpago ilumine la situación, y me zambullí de cabeza entre esa compacta selva, tomé a “Dino” de la cola y lo metí en la cocina. Luego al “Negro” lo agarré del pellejo de cuello y entre gruñidas, logré guardarlo en el lavadero.

- ¡Eduardo!, ¡Eduardo! Escuché que gritaba Ricardo al tiempo que se arrimaba a mi casa. – Está UD bien.

- Si, ¿UDS? ¿Y el tambero?

- Dentro de todo, estamos bien… ¡Qué horror! Aquí está perdiendo el tubo de gas.

- Ilumine…

Y otra vez, de cabeza entre el ramaje para llegar a cerrar el tubo que perdía a chorros.

Esto debe haber durado, no sé, 10 minutos o 20, no más, lo suficiente para hacer pedazos todo lo que podía vislumbrar con una pequeña linterna, entre tanto, que se había volado el techo del galpón.

Ya no más, pensé. Entré a mi casa a digerir lo ocurrido.

Prendí dos velas y las coloqué sobre la mesa ratona del living. Me senté en el sillón a mirarlas. Y pensaba…

… yo venía al campo con un problema a resolver. Tenía otros objetivos, algunos productivos, medidas a tomar para cambiar mi futuro o la tendencia de la vida del campo. Para qué hacer proyectos buscando mejorar, incluso intentando promover una vida más tranquila, más medida, más manejada…

Y ahí estaba, como un pollo mojado, más bien hecho sopa, mirando nada, abrumado, confundido y preguntándome, ¿por qué?

¿Por qué no a mí? Ahora, ¿vale la pena seguir pensando en los proyectos?…

El tornado si hubiera pasado 500 metros a un costado, no pasaba nada, ya que el monte de las abejas y el de la manga, distantes del casco, más o menos, esa distancia, no sufrieron el impacto, porque fue un mazazo, un golpe al mentón.

Me cambié de ropa. Preparé algo para picar y sobre esa misma mesa ratona, mirando fijo las velas, intentando escuchar por radio el partido, solo - porque esta vez, y no es frecuente, mi mujer había quedado en Buenos Aires - pensando en las vacas, que no se metan en los cultivos, cómo iba a ordeñarlas al día siguiente... el desparramo que encontraría.

En la transmisión se escuchaba más ruidos que relato, todavía había descarga.

Comí un dulce, fumé un par de cigarrillos y me fui a la cama con la radio y una vela, a la que menos vida le quedaba.

Me acosté así no más, intentado entender el partido, que a medida que pasaban los minutos y la tormenta seguía su camino, comenzaba a escucharse mejor. Y mi mirada puesta en la vela que ya no sé veía, cuya llama surgía a dentro del candelabro, aprovechando las última gotas de cera disponibles… y se apagó… y me dormí, gracias a Dios, no sé en qué decena del rosario.

...

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MIS AUTORES DE LA JUVENTUD - Por Eduardo Juan Salleras


Revisando libros viejos
MIS AUTORES DE LA JUVENTUD
Por Eduardo Juan Salleras, 26 de enero de 2016.-

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Esta vez me puse a buscar aquellos que hicieron de mí lo que soy, los que me impulsaron a escribir, por aquel entonces en mi adolescencia, unos cuántos libros de poemas dibujados en cuadernos; algunos testimoniales, como solíamos decirles en aquel tiempo; otros muy jugados de tinte religioso y filosófico.

Los de poesías, de tanto guardarlos, no los encuentro. Muy de vez en cuando los buscaba y los releía, a medida que pasaban los años cada vez me gustaban menos, hasta diría que me daban un poco de vergüenza…

… la última vez, los disfruté e inclusive pensé pulirlos un poco.

Fue de ahí que se escondieron de mí y no los puedo encontrar.

Vamos a los libros viejos.

Las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer: “Volverán las oscuras golondrinas, En tu balcón sus nidos a colgar, Y otra vez con el ala a sus cristales, jugando llamará. Pero Aquellas que el vuelo refrenaban, tu hermosura y mi dicha a contemplar, Aquellas que aprendieron nuestros nombres, Esas… ¿no volverán!”

O: “¡Llora! No te avergüences, De confesar que me quisiste un poco. ¡Llora! Nadie nos mira. Ya vez; yo soy hombre… ¡y también lloro!”.

Rubaiyat de Omar Khayyam: “Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, esfuérzate por ser feliz hoy. Toma un cántaro de vino, siéntate a luz de la luna y bebe pensando en que mañana quizás la luna te busque en vano”.

También leí a Hermann Hesse: Demian, El lobo estepario y Siddhartha (es el único que terminé y hace poco). Había que leerlos, era el autor del momento por aquel entonces, aunque me pareció un tanto difícil, por decirlo de alguna manera.

“Voces”, de Antonio Porchia: “Tú crees que me matas, yo creo que te suicidas”.

Y otros.

Entre todos, el que más fuerte me llegó, el que más me inspiró e hizo de mí lo que soy literariamente fue Khalil Gibrán o Gibrán Khalil Gibrán. Cuando leí “El Profeta”, una verdadera oda a la vida, quedé maravillado. Llevaba ese pequeño libro a todas partes, y volvía frecuentemente a sus hojas. Calculo que lo recitaba de memoria, no recuerdo. El profeta vuelve a su pueblo y este lo recibe jubiloso. Se para ante él y la gente le empieza a pedir: Maestro háblanos del amor, Maestro háblanos del matrimonio… háblanos del dar… háblanos de la amistad…“cuando te separes de un amigo, no sufras. Porque lo que más amas en él se volverá nítido en su ausencia, como la montaña es más clara desde el llano para el montañés”… “Y permitid que haya risa y placeres compartidos en la dulzura de la amistad. Porque en el rocío de las pequeñas cosas el corazón encuentra su alborada y se refresca”.

Para mí la obra más destacada de Gibrán es, la menos conocida, la que ni siquiera figura en sus obras completas: LOS DIOSES DE LA TIERRA. Sin llamarla así, habla de la Santísima Trinidad. Es un diálogo entre el Dios primero, el Dios segundo y el Dios tercero. Cada uno con características distintas y discutían sobre el hombre. Éste libro me inspiró para escribir “A Imagen y Semejanza”, otra de las tantas obras inéditas mías narradas de puño y letra en el papel. Esa la conservo y probablemente la reescriba y la resuma en alguno de los libros que tal vez sí algún día publicaré.

¿Cuánto hay en nosotros de aquello que leímos?

¿Cuánto de mis escritos hay en los demás que me han leído?

Cuando publico lo que escribo no pretendo otra cosa que proponer un tema, un sentimiento, un paisaje, una vida. No busco que estén de acuerdo conmigo, ni que vean lo que yo veo, ni que sientan mis vivencias. Ahí está la flor del aromo, la fragancia del ligustro y el dulce de moras… ¿Por qué digo esto? Porque me ha pasado que los lectores de mis escritos interpreten de ellos cosas notablemente diferentes, desde el que opina que son espantosos – gracias a Dios pasa muy de vez en cuando – y hasta los mismos que los halagan, entienden individualmente cosas muy diferentes. Me di cuenta así, que aquella hoja de papel o en una pantalla, que voló para ser leída, ya no me pertenecía, sí el original que conservo en mi desorden.

Debo lograr que tanto la trama, el sentimiento, el paisaje o las cuestiones de la vida se movilicen en quien lo lee y produzca en él, su propia reflexión, su texto interno.

Hace mucho tiempo escribí éste párrafo de un poema que luego musicalicé con un amigo: “Siento que todo en mí se pierde. Que todo se vuelve cenizas, Que nada en mí prospera. Siento que todo en mí se muere. Tengo nostalgias de un pasado viejo. Nostalgias de una nueva vida”. Tenía por entonces, 17 años. Si bien poéticamente suena lindo, el concepto es deprimente. ¿Qué problema tenía yo en aquel tiempo adolescente para escribir algo tan penoso? No recuerdo, sí cuales eran mis lecturas. Es por ello que encontré en “El Profeta” tanto alivio, tanta frescura.

Un amigo, hace muy poco, me escribió y me dijo: “que mal te hace escribir artículos políticos y a mi leerlos… éste me gustó más, es metafísico”. Es cierto. ¡Qué mal nos hace el enojo! Y ni hablar vivir enojados.

La realidad muchas veces nos rebela, nos hace pasarla mal pero, siempre habrá a mano un buen libro para leer, una buena película para ver y ni hablar, buena música para escuchar. La cuestión será siempre elegir bien el tema y el autor.

“Vuestra alegría es vuestra tristeza sin máscara. Y de un mismo manantial surgen vuestra risa y vuestras lágrimas. No puede ser de otro modo…” Khalil Gibrán.


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PALABRAS Y CONCEPTOS EN DESUSO - Por Eduardo Juan Salleras


Revisando libros viejos
PALABRAS Y CONCEPTOS EN DESUSO
Por Eduardo Juan Salleras, 18 de enero de 2016.-

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Jorge García Venturini – Historia General de la Filosofía.

Esos dos tomos los compré hace 40 años para dar la materia Filosofía en la universidad. Fueron tres los exámenes, dos bochados y en la última, si no la aprobaba debía recursarla.

Recuerdo que me encerré 15 días sin ver el sol y ayudándome de vitamina B12 para la memoria.

De allí me gusta tanto la filosofía. Aprobé con 9.

Ciertos pensamientos me llevaron en la hojeada a detenerme, en particular sobre el tema: ética, de acuerdo a los pensadores más conocidos.

Según Sócrates y resumiendo: el hombre cuando actúa con ética lo hace virtuosamente, noblemente, con justicia. - “La virtud y la ética van de la mano pero ellas dependen del saber, de la ciencia”. El vicio y la ignorancia son la antítesis de la virtud.

La moral Platónica se puede simplificar diciendo que es la búsqueda del bien por el alma. Y para ello es fundamental la templanza, la fortaleza y la sabiduría o prudencia.

Para Aristóteles la ética tiene que ver con la felicidad, pero no desde el punto de vista sensual, o sea del placer sensible, ni en la búsqueda de la riqueza, ni siquiera del honor social, sí, en la satisfacción que produce el ejercicio de la virtud. Esto acorde a la propia naturaleza humana, orden o ley a que responda la misma. Para “El Estagirita”, la virtud no es una ciencia sino un hábito.

En cambio, Epicuro, hace del placer el centro de su ética, conocida como hedonista. El placer es lo único capaz de discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Hay muchos que acomodan la moral a su conveniencia o al placer de alcanzar la felicidad particular.

En lo personal hago diferencia entre la moral y la ética. Si bien lingüísticamente podríamos utilizar una como sinónimo de la otra, conceptualmente las veo diferentes.

Cuando hablo de moral me refiero a la propia, a la de cada uno. En cambio, si lo hago sobre ética aludo al cumplimiento del orden social.

La ética es la moral pública o social.

Todo íntimamente relacionado con el deber y las obligaciones, el primero con la moral y el segundo con la ética.

Para René Descartes la ética se refería exclusivamente a la decisión de obedecer las leyes y costumbres de una comunidad.

No quiero hacer de estos párrafos un compendio sobre la ética. Sí, me propongo recuperar algunas palabras y conceptos en desuso en el último tiempo, a saber: moral y ética; virtud y justicia; templanza, fortaleza, sabiduría y prudencia; orden o ley… entre otras. Hablemos de ello.

Hoy, detrás de los intereses personales, en busca del placer o la felicidad, el sentido moral del individuo se diluye, y con él, la ética ante la sociedad.

Así, cuando no hay en la gente el concepto arraigado del deber, se hace difícil cumplir con las obligaciones del Estado; ante la ausencia de honestidad la conducta cívica pierde sustento.

Cuando los gobiernos pretenden meterse en todo lo concerniente a la vida de los ciudadanos, transformándose en dueños de su moralidad, ésta se diluye y es reemplazada por la corriente o el relato y la ética sucumbe ante los antojos y placeres a los que pretenden alcanzar los burócratas o los dueños del Estado.

No es entonces de sorprenderse que, cuando en una sociedad se digita todo desde arriba, dominando casi íntegramente a aquellos sectores que sólo pueden aspirar a las necesidades básicas, y seduciendo a las clases más acomodadas en la alineación con el modelo, los valores personales y sociales tienden a desaparecer, y se entra en la confusión sobre lo que está bien y sobre lo que está mal.

Aquello en que la costumbre había dejado sus raíces implantadas, normas de conductas libres que sumadas formaron una tradición, dejaron - especialmente en la dirigencia y en los aspirantes a ella - un importante vacío intelectual, más aún cuando hoy la propuesta parece ser: alcanzar el bien común por encima de los placeres individuales.

De todas formas, reservas morales siempre hay en los ciudadanos. A algunos les costará bastante encontrarla porque no distinguen ya la voz de su conciencia, o se dejan llevar todavía por la fascinación y el soborno del relato.

Es responsabilidad de cada uno reconstruir la base moral individual, y si cree haberla mantenido intacta todo este tiempo de hechizos que pudieron confundirla, nunca es mucho cuando de dignidad y de honor se refiere, siempre hay un escalón más para alcanzar lo mejor.

¿De qué le hablan hoy los padres a sus hijos, los profesores a los alumnos, los maestros a sus discípulos? ¿Le hablan de las virtudes, de la moral, del deber? ¿Les cuentan sobre lo que hay más allá cruzando el río o se quedan ambos adaptándose el uno al otro en esa orilla? ¿Nos ponemos a su altura o les demostramos que con templanza, fortaleza, sabiduría y prudencia podemos aspirar a volar mucho más alto?

Ha cambiado el sentido del viento, al menos así indica el molino.

La moral y el concepto del deber que logremos alcanzar a partir de la voluntad y la conciencia, hará de nuestra sociedad el terreno ético que las naciones necesitan para alcanzar su grandeza.

EJS


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SOLAMENTE HOY - Por Eduardo Juan Salleras


Mientras pasa el tiempo
SOLAMENTE HOY
Por Eduardo Juan Salleras, 8 de diciembre de 2015.-

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Eran las 4.30 de la madrugada y mis ojos se abrieron ya sin sueño.

Mi cuerpo cansado prefirió seguir en la misma posición.

Me quedé mirando a través del espacio entre las tablas de la persiana, si amanecía o no. No hay nada más lindo que ver como la luz del sol comienza a tomar lugar en el día que nace.

Tenía dolores en varias partes del cuerpo debido al esfuerzo físico haciendo un trabajo en el campo la tarde anterior.

Es increíble pero creo que tengo más voluntad ahora que cuando pintaba joven, no tengo ninguna “fiaca” para hacer fuerza, tanto es, que de necesitarla para algo particular, todos me miran a mí., inclusive el candidato a hombre de 20 años que trabaja ahora conmigo me dice: déle UD que tiene fuerza. Lo que no sabe él es que, a diferencia de antes, hoy al rato me duele, deja algunas secuelas, las que curto como trofeo de guerra.

Pero, a la mañana siguiente, todo vuelve a su lugar y arranco como si nada hubiera pasado el día anterior. Las dolencias son siempre las mismas, se van y vienen sin ninguna razón que llame la atención. Lo más probable en esta actividad es que enseguida necesite de nuevo comprometer el físico y responda.

Todo es una cuestión de voluntad… el querer hacer.

Es notable.

Hay momentos para cada cosa.

Se vencen los plazos muchas veces sin darnos cuenta que ese fue el instante preciso, y sin embargo la comodidad, la rebeldía, la soberbia u otra cosa, nos quita del andén… o dejando que siga aquel tren porque sí.

Cuando pasan los años, nos damos cuenta que perdimos el tiempo y la oportunidad de subirnos a lo que la vida nos ofrece, nos pone en la manos, como un regalo celestial…

… ¿cuándo vamos a correr si no es mientras las piernas nos aguanten?

Mi insistencia en no perder la condición física es una especie de recurso desesperado de aprovechar quizás lo que tuve, que todavía tengo y no quiero perder.

Yo decía en otro escrito, “que no envejece el que no deja de aprender”, pero también, aquel que no da por concluidos sus sueños, su fantasía… el que da siempre lo que puede sin mezquinar nada inútilmente, como hacer fuerza… como andar, si puedo andar… como reír, si hay una buena razón para hacerlo… como abrazar, como amar a alguien o algo, como tararear la más linda melodía a nuestros oídos… ¿Por qué privar o privarnos?

En definitiva, me refiero a: cada cosa en su lugar y en su debido tiempo.

Ayer por la tarde me visitó un muy buen amigo, sentándonos como a él le gusta a tomar mate debajo del sauce. Tiene algo especial ese árbol sabio de mí viejo.

Mientras reímos buscándoles sarcasmos a la realidad, surgió un tema que nos puso a ambos serios.

A la pasada yo le digo: viste que los jóvenes hoy viven solamente el presente y como si esto fuera poco, hacen alarde de lo que son: “lo bueno por qué mejorarlo y de lo malo, es lo que soy y no pienso cambiar. Que me tomen así y si no, que me dejen”.

Cuando dicen algo tan estúpido, es porque la vida nunca los dejó a un lado y creen en la inmunidad de la juventud, aunque por momentos le desconfían.

Somos tal vez los mayores, y no todos, los que tenemos todavía un buen concepto del futuro, de proyectos que demandan un tiempo, especialmente de maduración, de adaptación y esperando resultados buenos, no extraordinarios. Y que estamos dispuestos a cambiar, particularmente lo que descubrimos como malo en nosotros, sabiendo que lo bueno se puede mejorar, no tenemos tanto tiempo para dejarlo pasar lejos de la excelencia.

Sin embargo, la nueva era siglo XXI, predica el ahora y solamente con logros fabulosos, sino es como que no sirve, lo que no se da ya, es mucho riesgo y demanda esfuerzo.

Esa poca visión del mañana, nos encierra en un presente impiadoso, que habla tan sólo de éxito o de fracaso. No hay alternativa.

Los que vivimos de la tierra, los que somos verdaderamente hombres de campo, los que plantamos árboles, postes; los que miramos al suelo como un tesoro precioso, no como sustrato donde depositar la próxima cosecha, y programamos rotaciones para no verlo empobrecer… estamos acostumbrados a proyectar, a esperar con esperanza los resultados que no siempre dependen de nosotros sino muchas veces de imponderables y del alcance de nuestros rezos, apostando a que Dios siempre escucha, aprendimos a tener paciencia.

Sabemos también que el mal paso generalmente compromete el andar futuro, por lo que sí es evitable deberíamos fijarnos de hacerlo bien. En cambio, la premisa hoy es: da lo mismo, jugando todas nuestras cartas al destino y a la suerte.

Lo más escaso en esta vida es el tiempo, con el agravante que nadie sabe en forma cierta cuánto le toca de ello, por tanto, así transitemos los años mozos, mucho más los años cortos, debemos aprender a no desperdiciar los mejores momentos haciéndolos sublimes en nosotros…

… como quedarme un rato, en esta madrugada linda, a escuchar el trino de los pájaros, que compiten para imponer su charla, en distintos idiomas.

EJS

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CUANDO LA REALIDAD NOS ROBA LOS SENTIMIENTOS - por E J Salleras



El Hombre del Carro XIV
CUANDO LA REALIDAD NOS ROBA LOS SENTIMIENTOS
Por Eduardo Juan Salleras, 23 de junio de 2015.-

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Me encontré con un conocido en el pueblo, y me preguntó qué había pasado con el personaje de varias notas mías publicadas, “El Hombre del Carro”, quien se transformó en un legendario protagonista de muchos artículos.

- ¿No escribiste más por lo que le pasó? Me preguntó.

- ¿Qué le pasó? Repregunté.

- Tuvo una descompostura y quedó mal. Estuvo internado un buen tiempo y después lo llevaron a un hogar de ancianos de aquí, un geriátrico…

- ¿Una descompostura?...

- … Un infarto, un ACV… no se.

- ¿Y? ¿Está bien?

- Está, no habla con nadie. Come bien. Lo llevan, lo traen…

- ¿No camina?

- Sí, pero lo llevan, lo traen… si el tiempo está lindo, lo sientan un rato al sol… a veces habla y sólo pregunta por sus animalitos…

- ¿El caballo, la yegua, los dos perros?

- Si.

- El caballo ya debe haber muerto. Recuerdo su angustia cuando decidió dejarlo con permiso, en una estancia, porque ya estaba viejo. Su relato de aquel día fue memorable, cuando lentamente su carro se alejaba por la calle y aquel fiel pingo pretendía seguirlo del otro lado del alambre, hasta que no pudo más. Y me contaba él, que cada relincho de su viejo compañero, eran como puñaladas en el corazón…

- ¿No te vas a poner a llorar, no?

Mis ojos brillaban por el efecto de lágrimas retenidas. Colorados, delataban mi angustia. Quizás, el que no tiene esa relación con los animales como la tenía él - o tiene, porque matarlo - o yo, o mi mujer, no pueden entender el cariño, la relación que se puede llegar a producir con un perro, un gato, un caballo, una vaca… un chimango. Cuando él contaba su desgracia, la viví como propia. Me imaginaba aquel compañero de años, sin entender el por qué, quedaba solo, sin poder acompañarlo como todos los días, como siempre. ¿Entenderán? ¿Tendrán una inteligencia, un sentimiento, que nosotros no conocemos ni comprendemos?

- ¡Ey! ¿Estás bien? – mi silencio y la mirada hacia lo lejos, hacia el recuerdo o pretendiendo esconder mis ojos, los que hacían una tremenda fuerza para retener sus lágrimas - ¿tanto lo querías o lo quieres a ese viejo?

- Siempre lo consideré un amigo, un verdadero amigo. La vida me enseñó que hay mucha clase de amigos, incluso algunos que no vemos siempre o tal vez, no veamos casi nunca pero, sabemos que están, que el día que nos encontremos será como si no hubiera pasado el tiempo ni la distancia. Me encantaba sentarme hablar con él, era o es, o tal vez por su situación, era, un sabio. Aquel de las frases cortas, de las palabras justas. No sé si tenía o no instrucción, pero en su idioma gauchesco, no le encontrabas una pifia… Un genio.

- ¿Hace cuánto que no lo veías?

- Eso me da mucha bronca… Este tiempo de “mierda” que estamos viviendo, atrincherados, agazapados, encerrados en nosotros mismos… nos ha, o nos han, empujado, a toda la sociedad, a esto. A tal punto que dejamos de lado cosas tremendamente importantes, como atender a las personas cuando nos hablan, sea amigo o no. Peor aún si hay una amistad y en nuestra mente la borramos o la dejamos detrás del muro de nuestra “seguridad social”. Y lo pongo entre comillas. Nos olvidamos de las cosas importantes como saber escuchar al que necesita ser escuchado, más si su relato conlleva preocupación o angustia. Claro, no queremos saber nada de ello porque incluso, se ha instalado una consciencia social de eludir las pálidas y hasta los imbéciles de la política, nos cuentan de la realidad un cuento de hadas, maravillosas mentiras, como si fuéramos tan idiotas de no distinguir entre lo bueno y lo malo, entre el sacrificio y la desidia… quiero que alguien me diga la verdad, necesito la verdad… y lo cierto es, que en este último tiempo de décadas ganadas o perdidas, todos hemos cambiado, ya no somos los mismos, sin haber elegido el cambio, nos transformamos y punto. Culturalmente dejamos de ser lo que éramos para transformarnos en esto. Deberíamos hacer memoria, ¿necesitamos volver el tiempo atrás para reprogramar el presente?... Hace más de un año que no veo a “El Hombre del Carro” y en ese tiempo debió haber pasado por el campo tres veces por lo menos y no pasó, y no me di cuenta… eso es lo que somos, lo que quieren que seamos, unos zombis cívicos y sociales…

- Muy interesante lo que me cuentas pero…

- ¿Te tienes que ir? Solamente quiero saber dónde está…

- Mira, no te va a reconocer…

Y me indicó el lugar.

Fui, no me animaba a entrar. Entré. Pregunté por él, fue un tanto difícil porque nunca supe su verdadero nombre y ahí me enteré que se llamaba Carlos Refalozo.

Me acerqué al patio y lo vi de lejos, sentado al sol, mirando al campo abierto, sin mover su cabeza para nada. Estará su mente en blanco o la sentirá atrapada, amarrada a esa situación sin poder zafarse. ¿Se puede, acaso, encarcelar un sentimiento?

¿Estaremos nosotros en la misma circunstancia?

EJS

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La simulación - por Eduardo Juan Salleras


La simulación
¿SER O PARECER SERLO?
Por Eduardo Juan Salleras, 15 de junio de 2015.-

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El domingo posterior a mi cumpleaños, ya de regreso en el campo, amanecí bien temprano como siempre, porque en esto no hay día del Señor, ni feriados, y que me perdone Dios pero no es cuestión de avaricia sino de necesidad, aunque siempre lo tomé como una jornada distinta, más aliviada, por más que en el transcurso de las horas, probablemente, reniegue como cualquier fecha laborable.

Entonces, antes del amanecer, me senté frente a mi notebook, la encendí, busqué el maravilloso “Word” para intentar escribir algo, abrí la hoja en blanco y mientras la miraba, navegando por esa enorme laguna azul de las ideas y las ocurrencias, veo como mis dedos amagan una letra u otra, intentando arrancar con una palabra o en el mejor de los casos con una frase, notando que mis manos, hinchadas y lastimadas por el trabajo diario del campo, nada tenían que ver con las de un escritor. ¿Lo seré?

Un amigo quiere hacerme creer inclusive que soy un intelectual. Ridículo. Un intelectual se hace, no se nace, y yo nunca me preparé para ello. Tal vez aparente serlo, pero no lo soy, seguro que no.

Mientras se desarrollan en mí éstas ideas sobre pretender ser sin serlo, o aparentar lo que uno no es, más allá de la voluntad o no por lograr uno u otro efecto, me vino a la memoria el libro que estoy leyendo de a ratos, recomendado por una entrañable amiga: “La simulación en la lucha por la vida” de ese eximio escritor ítalo-argentino, José Ingenieros, autor también de: “El hombre mediocre” (ambas publicaciones deberíamos leer todos los argentinos antes de votar en las próximas elecciones presidenciales de octubre).

¿Finjo ser lo que no soy? O en realidad soy aunque no pretenda serlo.

No es lo mismo imitar que aparentar. En el primer caso uno quiere ser, aunque lo logre o no. En el segundo, de ninguna manera se aspira a ser sino parecer ser.

En el libro de Ingenieros dice que los políticos están en la cumbre de la simulación, aunque cree que un poco más arriba se hallan los religiosos, de todos los credos – para aquel entonces, principios del siglo XX.

Ya en este tiempo, la sociedad entera, dado cuenta de ello, entra en el juego de la apariencia, y particularmente, en función del señorío político. Es así que vemos hoy el enorme esfuerzo de algunos, por ejemplo: actores, actrices, músicos, periodistas, en mostrarse exageradamente obsecuentes, para lograr la gracia de la señora – del poder - la que no compra de ninguna manera como auténtica tal actuación o impostura, sino que solamente disfruta verlos arrastrados detrás de sus faldas.

Es una muestra clara de simulación compartida, de ida y vuelta, a la más exagerada potencia. Y ya nadie se sonroja por ello porque la vida se ha transformado en una comedia, en la que todos actúa su personaje; visten sus disfraces, sus maquillajes; impostan la voz… sin dejar de ser lo que son, representando ser lo que no se es.

De esta forma, la realidad se convirtió en un engaño colectivo, a lo que todos juegan la farsa del relato.

Muchos creen que es una habilidad simular bien, saber fingir ser otro, pero se llega a un punto en el que el personaje se apodera del impostor y ya no puede volver, no sabe, o no se da cuenta que ya no es lo que era.

Así, hemos falsificado nuestra propia vida, la desfiguramos. Y como un animal que se mimetiza con una parte del ambiente para no ser visto, sin poder volver a lo que era, al final queda expuesto al peligro, notándosele el engaño.

Ya son demasiados los que juegan esa farsa, como una simulación en la lucha por la vida, más que por sobrevivir por alcanzar lo inalcanzable sin haber hecho ningún mérito para lograrlo.

Claro, si se disfraza de exitoso profesional un corrupto funcionario público o de formidable empresario quien lava dinero del narcotráfico o de la misma corrupción o de hábil dirigente social quien barre la pobreza debajo de la alfombra, que le queda al ciudadano común, qué rumbo tomarán sus sueños, qué camino buscarán sus anhelos, en qué está dispuesto a disfrazarse para alcanzar lo que la vida normal le niega.

¡Qué buen libro! Igual que “El hombre mediocre”. “En la política, por fin, donde florece el hombre camaleón, el arquetipo de los simuladores, el cortesano adulador que sirve con igual celo a todos los que pueden colmarle de favores, lacayo de todos los amos, unidad de todas las mayorías, instrumento de todos los despotismos” (La simulación en la lucha por la vida – José Ingenieros).

Habrá seguramente sus excepciones.

Mientras tanto, seguiré intentando parecerme a un escritor, medianamente intelectual, escudándome en la experiencia que me dio la vida, preguntándome cada mañana si soy un delicado literato o un rústico hombre de la tierra.

Tal vez una cosa aporte a la otra, sin conflictos que merezcan una simulación, porque en el fondo fingir es una mentira, aparentar es hipócrita, el disfraz es un engaño… y la vida, en sí misma, se convierte en una farsa.

EJS

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EL FUEGO DE LA VIDA - Por Eduardo Juan Salleras


Cumplí 59 años
EL FUEGO DE LA VIDA
Por Eduardo Juan Salleras, 31 de mayo de 2015.-

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Es fundamental acomodar bien la leña en el fogón para lograr tener un buen fuego…

De eso se trata. Casi todas las mañanas, a las 5 de la madrugada, me despierto y voy a realizar esa tarea.

Primero unas cuantas hojas de papel de diario, encima la leña fina, sobre ella la más gruesa, cubriendo bien todo el hogar sin dejar espacios inútiles y con sólo el combustible que entra en una lata de arvejas, enciendo el fuego, cierro la puerta de la caldera, abro el tiraje y por el pulmón comienza escurrirse el viento hacia adentro produciendo una buena llama… a la hora, tengo el vapor suficiente para pasteurizar la leche y procesarla en procura de ese maravilloso manjar blanco que es el queso.

Sentado sobre un bidón de 20 litros, me quedé la otra mañana mirando el fuego y pensando en la soledad del alba, aún oscura, qué importante es en todo acomodar bien las cosas, en el lugar debido.

Así encendí fuegos todos los días de mi vida, llegando a hoy que cumplo 59 años, despidiéndome de la sesta década e iniciar el año que viene, una nueva etapa.

Y estoy conforme.

Vine hasta aquí y eso es mucho decir. Creo inclusive que lo he hecho bien, tal vez algunos se me apagaron, otros los hice exagerados pero, en líneas generales, puedo decir que tuve éxito con mis fogones.

De niño, son los mayores, los padres, quienes deben encender nuestros fuegos. De vez en cuando nos dejan prender algún fósforo, arrimar alguna leña pero, enseguida nos apartan por si acaso.

Los adolescentes, pretenden hacerse cargo, si es posible solos, de esa tarea, y que sea propia, personal. Así, muchas veces queman madera innecesariamente y gastan más combustible de lo lógico. Hay quienes se dan cuenta de ello con el tiempo pero, hay otros que no, y tardan muchos años, a veces demasiados, viendo a tremendos grandotes derrochar tiempo y lo que a algunos les falta, quemando inútilmente lo que tal vez, escasee mañana.

Creo haber sido alguien muy apasionado en casi todas las cosas que pretendí llevar a adelante, con éxito o no, siempre con entusiasmo y severa autocrítica; puedo decir entonces, que llegué hasta aquí correctamente y es mucho decir.

La pasión es como un combustible extra, como soplar las llamas para reavivarlas, como remover la leña que al quemarse se ubica mal en el fogón, sin tener costo alguno.

Me encanta iniciar un nuevo fuego con las brasas del día anterior, quiere decir que fue bueno, que fue suficiente.

Es de esperar: no todo intento tuvo el resultado esperado.

Hoy estoy trabajando más que nunca, y en realidad, siempre pensé que al llegar a esta edad, no iba estar tan apremiado, tan necesitado en hacer el trabajo que hago, cuando parece que las cosas no salen como espero.

Mi mujer, los otros días me preguntó (porque ella trabaja a la par mía):

- ¿Estaremos haciendo las cosas bien?

Le respondí de manera terminante: - Desde ya que no, no debemos estar haciendo lo correcto, porque de lo contrario no estaríamos como estamos, haciendo lo que hacemos, habiendo llegado ambos a una edad en la que deberíamos estar más disfrutando lo hecho que seguir acomodando cosas.

- ¿Entonces? - Confundida cuestionó.

- Yo me lo pregunto día a día, ¿Qué estoy haciendo? Sin embargo, cuando logro poner las cosas en su lugar o tan sólo, cuando sé dónde ubicarlas; cuando estoy en medio del campo arreglando algo, o mismo a la madrugada, encendiendo el fuego de cada día, me doy cuenta que soy feliz, que esa es, por hoy, mi felicidad.

- A mí me pasa lo mismo si logro curar algún ternero enfermo o cuando los veo bien a todos.

Quizás ese sea nuestro éxito en la vida ser felices, a pesar de estar donde estamos, haciendo lo que hacemos, sin ser esto lo que esperábamos para nosotros a esta altura de la vida.

Los caminos del éxito no son todos iguales, muchos son silenciosos, como el nuestro - como el mío - en el que varias veces se siente soledad, en el que nos cruzamos con poca gente pero, eso no quiere decir que no sea el que nos toca… eso no quiere decir que sea, el que corresponde.

Vivimos en un país en el que sobra todo, carecemos solamente de vergüenza, sin embargo vivimos quemando leña innecesariamente, y a pesar de ello se siente mucho frio en demasiadas cosas. Es que el fogón de lo que corresponde, el de las instituciones y las leyes, el de la honestidad y la honorabilidad, el del esfuerzo y el trabajo, el de la educación y la salud… el del bien común… el de la verdad, está apagado, sin que nadie a la vista tenga intensiones de encenderlo.

Estoy contento de haber llegado a donde llegué, entero.

Voy por más.

EJS

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UN FENÓMENO VIRTUOSO: LA AMISTAD

Mi cumpleaños
UN FENÓMENO VIRTUOSO: LA AMISTAD
Por Eduardo Juan Salleras, 2 de junio de 1956.-
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   Pasé un 31 de mayo maravilloso, con los saludos de los que me quieren, o al menos me consideran: familiares, amigos y compañeros de colegio. Es que hace 56 años nacía, justo en 1956.
Con algunos incluso me reuní y otros en cambio, vía mail o teléfono, me hicieron llegar su reconocimiento.

Y es lindo…pensar que hay gente que se niega a cumplir años, cumpliéndolos igual, entonces qué mejor, darle trascendencia a lo inevitable: envejecer.

Me sentí querido, al punto que alguien, la noche posterior, me llamó para expresarme lo siguiente: “Quería decirte que sos un fenómeno”. La verdad, me sorprendió, más por quién me lo decía, alguien a quién admiré de niño y de adolescente.

¿Qué es un fenómeno? Algo anormal. Estoy seguro que no se refería a ello puntualmente sino - y espero que así sea - a algo fuera de lo común, sin ser monstruoso, deforme… tal vez sí distinto.

Ahora debería descartar de plano como fenómeno el concepto de prodigio porque nada más lejos de mí que semejante atributo.

Durante mi vida de aprendizajes, no aprendí, porque desaproveche el momento. No era un mal estudiante, más bien un “no” estudiante, que a su vez practicaba una mala disciplina.

Me arrepiento sinceramente de haber desaprovechado ese tiempo, y aunque ahora pretendo recuperarlo, cultivándome en todo lo posible, ya no es igual. Mis esfuerzos por disimular la ignorancia son enormes pero, lo hago bastante bien.

Estoy tan seguro de mis limitaciones que me quedé pensando cuando un querido amigo, que vino el mismo día de mi cumpleaños a tomar unos mates a casa, me dijo – hablando del país – que nuestro problema está en que no somos virtuosos y por ello fracasamos como nación, una y otra vez, y para negar semejante frustración, le cargamos la culpa al que se fue, como si no hubiéramos tenido nada que ver. Es la primera muestra de nuestra deshonra.

Pero qué significa ser virtuoso: quiere decir que ante las distintas alternativas que se presentan, elegir la correcta, la mejor, la adecuada. Eso es ser virtuoso.

Estoy tan lejos de esta condición que lo más cercano a ella es darme cuenta de mi lejanía.

No nada más distante de la virtualidad que negar los desaciertos, ya sea no asumiéndolos o pretender hacerlos pasar por éxitos, como hacen los políticos.

Nos hemos equivocado como sociedad cívica permanentemente desde hace muchas décadas, si bien no es nada estimulante elegir entre malo y peor pero, lo que no podemos negar es que siempre está el camino correcto como alternativa… siempre está, distinto es que no queramos tomarlo, por largo, por sinuoso, por esfuerzo, por sacrificio…

De niño tomé la alternativa incorrecta: no estudié, me portaba mal; aunque ello me trajo algo de popularidad, me alejó de lograr ser alguien virtuoso.

Gracias a Dios tengo buenos amigos que sí lo son y con mucha ductilidad hago rebotar en ellos aquellas pelotas difíciles, quedándome a mí, a buen golpe.

Estos dos amigos nombrados son, casualmente, virtuosos.

Ahora, ¡Qué virtud es ser buen amigo! ¡Qué virtuosa es la amistad!

Tengo muchos y muy buenos amigos, algunos a los que no veo siempre, incluso muy de vez en cuando pero, los que uno sienten que están, siempre. Esos que en algún momento de su vida, de sus días, de su día, piensan en mí… y yo pienso en ellos. Esos en los que si uno debería confiar en alguien algo, los buscaría, sin dudar.

Aquellos que se alegran de mis éxitos y se entristecen con mis fracasos, y viceversa yo.

Esos que se ponen felices por verme bien y se preocupan cuando no pego una.

¡Qué palabra inmensa es Amistad! Y en los cumpleaños, o en otros festejos, se nota, cuánto hemos cultivado esa flor magnífica, con la más variada gama de colores y el más encantador de los aromas.

Cuando digo: con la más variada gama de colores, es porque tengo amigos de todos los tipos, de distintas edades, de diferente origen, desde ingenieros a tamberos, de paisanos de bombacha y botas a los perfectamente trajeados. Y me es igual, con todos la paso bien. No son los mismos temas los que hablo, ni son las mismas risas ni las mismas gracias. Cada uno algo me da, algo me deja, siendo todos muy ricos en el dar porque unos son virtuosos en algunas cosas y otros en otras. No es la misma mirada e interpretación la del intelectual, que la del técnico y muy distinta de la de aquel, cuya virtud fue transitar correctamente el único camino que le ofreció la vida pero, al que le dejó su huella para siempre.

Al decir: “El más encantador de los aromas”, es esa estela de fragancias que deja la amistad en el correr de la vida.

Y me fui corriendo al quinielero de enfrente: - ¿Cómo hago para jugar a la quiniela, hoy cumplo 56 años y soy de 1956? El hombre con el dedo pulgar señaló el tablero que estaba a su espalda. Acaba de salir el 56, me dijo.

Lo mío será siempre romperme el lomo laburando.

De qué me estoy quejando si estoy hablando de la amistad, de la cantidad, de los enormes amigos que tengo, allá y acá, amigos de toda la vida, compañeros de colegio, de rugby, de fiestas, de la tierra y el campo, de la ciudad… desde los que están en otros países hasta los que tengo en el pueblo. Los que veo siempre y los que ya no veo pero que siguen siendo amigos.

Cómo no voy a festejar mi cumpleaños… mi familia entera vibra con mis emociones y prepara el acontecimiento de tal forma que para mí no sea un día común.

Los que me conocen saben que no es un día más, entonces me llaman y me saludan.

¿Algún día seré un fenómeno virtuoso?... ¿O un buen amigo?

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Dientileche, el País de los Niños