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27 dic. 2013

EL POSTE - Por Eduardo Juan Salleras


Dios te pido un país normal

EL POSTE
Por Eduardo Juan Salleras, 27 de diciembre de 2013.-
Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente.

Ahí está, quién sabe desde hace cuántas navidades… yo no sé. De antes que yo viniera, mucho antes.
Llevo aquí casi 40 años y el ya estaba.
No puedo decir bien pero seguro que fue colocado para permanecer en el tiempo, quizás más de medio siglo, por su madera de quebracho colorado, del corazón de los montes nativos argentinos, sin una mancha de sámago y labrado casi perfecto con hacha de agudo filo.
Es probable que tenga unos 3 metros de largo, o sea 1.40 enterrado en el suelo, y a lo mejor allí abajo, cruzado y horizontal, un muerto. Así se lo llama a un palo atado al esquinero para darle mayor anclaje. Además corresponde ponerle al poste un puntal, colocado en diagonal, para soportar la tensión de los alambres…
¿Por qué pretendo hablar de un poste?
Todo tiene mérito para ser descripto y crear sobre ello una fantasía.
Un poste tiene el suyo por la sencilla razón que su misión en este mundo es la de perdurar.
Y el mío, vaya a saber desde cuándo, está allí, estoico, soportando en el tiempo la tensión de 7 hilos de alambre de alta resistencia, más los embates de las estaciones, los excesos de lluvia y humedad, los golpes de las maquinarias mal conducidas… hasta se rasca en él un animal de vez en cuando...
Con todo se lo ve intacto. No sé cómo puede estar debajo; generalmente, esta noble madera, en la medida que no sea descubierta al aire, suele soportar añadas, de lo contrario, sacarlo y volverlo a poner, no hace otra cosa que acortar sustancialmente su vida útil, aquella parte en contacto con el suelo se pone como un vidrio y al primer golpe se quiebra.
Así debemos hacer todo en la vida, de buena madera y para perdurar, soportando las tensiones, los embates, y las inclemencias de todos los días.
También de la misma forma - y especialmente - la historia de una nación se escribe a partir de la fortaleza de sus instituciones, las que deben ser creadas para durar en el tiempo. En la medida que son manoseadas, reformadas y deformadas para cumplir con los intereses del momento, se hacen quebradizas como el mejor de los maderos, hasta el duro quebracho colorado, al sacarlo de su lugar y exponerlo al ambiente, ya nunca más recobra su vigor.
Nuestra Constitución Nacional, es la madre de todas las leyes, es el alma de la Nación Argentina y está ahí, clavada al suelo de la patria, estoica como mí esquinero, inalterable, paciente… tal vez, sufrida. De ella penden los hilos de la República, los que marcan los límites al poder y a la sociedad.
Sin embargo, desde el advenimiento de la democracia, en especial de este último período – tal vez haya comenzado antes – se han propuesto a cada gobierno, del partido que sea, dejarla ahí, aburrida y abandonada. A cambio cada uno colocó su poste, sin muerto y sin puntal, incluso de madera blanda y barata. De allí pende un alambrado de poca resistencia, distando mucho de ser tenso porque de lo contario arrastraría lo que simula ser un esquinero.
Como hilos de teléfono colgando haciendo panza, la vida de la república se mece sin lograr marcar claros los límites, confundiendo inclusive a sus ciudadanos, los que se están acostumbrando a pasar de un lado al otro como si nada existiese al medio: ni normas, ni leyes, ni obligaciones.
¡Qué importante es tener un buen puntal en la vida! Una columna que sostenga la estructura de nuestra existencia; un mojón, un indicador, una señal auténtica, creíble y perdurable, como en la peregrinación institucional de una República.
Un buen poste, un buen puntal…
… indispensables en la conformación de la familia, la principal institución de una comunidad, el primer Estado, y en estos tiempos en los que se juntan el varón y la mujer, más para hacer pareja que para formar un hogar, y tomando el primer tronco que encuentran al paso, de la madera que sea, puesto así no más, si total nadie habla de establecerse, sin el compromiso de pisonearlo como corresponde, del que penderán o no los débiles hilos de sus vidas…
Poner un esquinero es una gran responsabilidad.
Y ahí habita el mío, en la punta del boulevard, a la sombra de un gigante eucaliptus aunque por las mañanas recibe el sol tenue del día que comienza.
Calculo que está allí desde aquel tiempo en que se plantó la avenida de dos kilómetros de largo, o sea, es contemporáneo con el árbol que le da sombra y lo acompaña desde hace más de medio siglo.
Yo era chico, de unos seis años, y presencié como se formaba el monte, me parece increíble verlos todavía a ambos juntos, inseparables. Lo que habrán charlado todo este tiempo.
Plantar un árbol, como así un poste, es un acto de una enorme esperanza. Cuando uno deposita una semilla en el suelo, no le queda otra cosa que esperar. Cuidarla, regarla, con la ilusión de verla crecer y cosechar sus frutos. Igual un esquinero, su misión es hacer historia, como el mío.
En el campo es así, puede haber apuros, pero todo es expectativa: aguardar, insistir, permanecer, aguantar… creer, desear… animarse, ilusionarse… convencerse…
Pidámosle a Dios que nos permita como nación encontrar ese esquinero, porque seguro que está. Puede estar olvidado entre malezas. Habrá entonces que limpiar a su alrededor para que se vea como merece y volver a tensar de él los alambres caídos de acero de alta resistencia, y ver de éste modo cuales son los límites irrenunciables de nuestra sociedad, volviendo a la tradición y costumbres de la Argentina.
Que podamos en el año que comienza encontrar en nuestra vida, ese poste, y si no está, a buscar uno de excelente madera, con un muerto y un buen puntal, y manos a la obra, que el tiempo pasa y no vuelve atrás.
En definitiva, le pido a Dios para mí y para todos, primero: un país normal; segundo: - y por añadidura - paz y prosperidad para todos.
¡FELICIDADES!
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