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9 jul. 2013

UNA CHARLA EN UNA ESQUINA - Por Eduardo Juan Salleras


De viejos amigos
CUÁNTAS COSAS DICEN UNA CHARLA EN UNA ESQUINA
Por Eduardo Juan Salleras, 6 de julio de 2013.-
Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente

El viernes por la mañana, cerca del mediodía, ya casi terminando nuestro reparto de quesos con Ana, en el móvil 2, el más nuevo de los changuitos que usamos para las entregas del barrio - aunque en este caso estaba algo lejos pero, con mi afán de caminar, así lo hicimos - me encuentro con un viejo amigo de la niñez y adolescencia. Compañero de colegio, juntos en la primaria, y vecinos en la secundaria.

Fue realmente un momento muy grato porque charlamos los tres durante media hora en la esquina de Talcahuano y Santa Fe. Hablamos hasta de nuestros hijos, presente y futuro, cuando nombró a “Siso” (César: otro compañero del ayer)… - ¡Uy!, vos sabes – dije yo – me comprometí con él en ir a cenar alguna vez. Le dije que lo llamaría cuando venga… y aquí estoy… tengo que conectarme para el próximo viaje a Buenos Aires, sí.

- Te encargo – agregó él – cuando salgan a comer avísenme que yo me prendo… me encantaría.

Realmente lo vi gustoso no sólo por el programa sino por estar ahí con Ana y conmigo, charlando de cualquier cosa, sinceramente.

Esto me hizo muy bien por muchas razones: autenticidad, pertenencia… compartir nuestras cosas, los hijos, las preocupaciones, como si nos viéramos siempre, con confianza, con la necesidad de hacer participar, comunicándonos, interviniendo – en cierta forma – en la vida de cada uno.

¿Da para tanto una charla informal de 25 o 30 minutos, en la calle, parados en una esquina?: Sí, tuvo una trascendencia especial, no por el tiempo, menos por el lugar, ni siquiera por los temas. Los años y la vida enseñan muchas cosas, en varias de las cuales me fijo mucho. Entre ellas, saber

Quién es quién.

Yo soy una persona muy simple, sin ningún complejo por mi simpleza. Hago quesos y los reparto con el “changuito” porque me divierte, solamente por eso. Disfruto haciendo disfrutar a los demás con lo que hago, es una forma de comunión.

Y mi querido y viejo amigo de los primeros años y del colegio, estaba al tanto de mi vida, desde luego que, siendo ella tan sencilla, es más fácil acordarse de las pocas cosas. Pero, por pequeñas que fuesen, él las hizo importantes en su memoria.

No es el único – gracias a Dios – aunque sea uno más, para el balance de mi vida suma y mucho. Estoy muy contento de las amistades. Tanta energía que llevo dentro hay veces que necesito enviar una buena parte de ella a tierra para no prenderme fuego. Mi familia generalmente oficia de bombero.

De chicos jugábamos al fútbol, especialmente en Mar del Plata; al futbolito con el recordado “Mi Equipo;” pisé el césped de la Bombonera por él (el caso fue anecdótico no sentimental); incluso una tarde me salvó la vida en el mar, porque parecía un tiburón nadando, me tomó del brazo y me sacó cuando lo estaba pasando bastante mal.

Lo curioso es que yo finalicé la conversación en esa esquina. No quise robarle más tiempo, ni a él, ni a la oportunidad.

Hay cosas muy pequeñas en la vida que no duran más de media hora, que no dicen más que una charla informal de dos viejos amigos sorprendidos por la circunstancia; que no tienen de fondo ni dinero, ni trabajo, ni influencias, ni poder… solamente el asombro del momento y la sincera improvisación de una charla con alguien a quien realmente se lo considera, aunque sea por la casualidad o la coincidencia.

Una esquina de Buenos Aires, entre caños y andamios, la vereda rota, la gente que va y viene de prisa cruzando la avenida y la bocacalle; viernes casi al mediodía; y nosotros ahí, parados como si nada, se podía caer el mundo abajo que nadie impediría ese encuentro, esa charla, con la prisa del lugar, del momento, con la tranquilidad de la necesidad de compartir ese tiempo que le robamos a otra cosa… y que importa.

Mariano, fue un gusto haberte encontrado ahí y así.

Cuando parece que todo se rompe; que debemos esperar siempre a una buena, una mala, enseguida…

Cuando el humor social está viciado… no tenemos de qué reírnos o en su defecto, nos reímos sin saber de qué, por necesidad….

Cuando nos damos cuenta que debemos evitar la gente tóxica, porque la hay…

Cuando sentimos la exigencia de trasformar el escenario de la vida…

¡Qué bueno es estar con amigos! Es como hacer higiene personal, espiritual; es el beneficio, el verdadero provecho de ser lo que supimos hacer de nosotros; la amistad incluso hay que cultivarla en la familia.

Y si no hay una amistad a mano, busque una persona cerca, que no sea tóxica; háblele y déjelo hablar.

Es necesario atender la vida, tratándola con la mayor suavidad; regalándole de vez cuando una melodía, un poema… un poco de sol, un poco de sombra… Y, por qué no, un amigo.

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