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28 may. 2012

Cabezas dispersas de Esquel (leyenda patagónica)


En los arrabales de Esquel, aunque sin una ubicación precisa, se constituye un bar pequeño. Austero, con una discreta asistencia diaria. Los recolectores de basura dicen, mientras revolean las bolsas en las fauces de los camiones, que el señor que atiende el lugar es el mismísimo Dios.
Su principal característica, cuentan los juristas y bibliotecarios, se centra en sus parroquianos, llamados por los ciudadanos, los "Cabezas Dispersas".
Algunos afirman que los Cabezas Dispersas conforman una secta. Otros, arriesgan, se trata de seres provenientes de la octava luna de Saturno. Más cercanos o parientes, aseguran sin duda, que sólo se trata de un grupo de vagos charlatanes de mierda.
Aunque no existen registros fotográficos ni documentos serios al respecto, es vox populi que los Cabezas Dispersas se juntan en el Bar esperando la hora 23:16 de la noche, conocida como la "Hora Diente de León". En ese preciso instante, las cabezas de los hombres del bar mutan en panaderos, vestidos de copiosas semillas de achicorias dispuestas a evacuar.
Cada una de esas semillas o, como lo denominábamos en la niñez, panaderos, corresponde a un nuevo pensamiento. Los hay livianos, con peso específico, y algunos de certera insignificancia. La tarea de los Cabezas Dispersas es llegar a un trance mediante la pronunciación del mantra regional "Chuuuuucha, Bolò". Una vez sumidos en ese éxtasis místico, las Cabezas Dispersas o, en este caso, las Cabezas de Diente de León explotan en una nevada semillera blanca. Estas se cuelan por las ventanas, la puerta y las ranuras del viejo bar para exiliarse en busca de receptores en la ciudad.
Si bien los Biólogos aseguran que estos paracaídas descienden en la tierra para dar origen a nuevas plantas de achicoria y su nuevo ciclo de vida, los esquiladores más viejos están en contra de esta hipótesis. Sostienen que los pequeños paracaídas blancos surcan los cielos a una altura baja para enredarse en los cabellos de los transeúntes, en los pelos de la nariz o en las pestañas postizas de las viejas que hacen las compras.
Cada una de estas semillas contiene en su núcleo la historia futura, el horizonte del pasado y los extremos del presente. Borges lo llamó El Aleph.
Turistas del país, porteños recién llegados, y extranjeros, ayunos de mística vital suelen sospechar que los ciudadanos de Esquel custodian cada uno una semilla, un paracaídas o alguna de estas semillas entre sus cabellos y poseen el don de los sabios, pero no se jactan de ello.
La leyenda de los Cabezas Dispersas es eso simplemente para los no entendidos o los que no quieren entender. Pero para quienes el fruto de las achicorias es el universo mismo, no transamos ni vendemos información acerca del bar ni de sus clientes.
Si encuentra un panadero aún con su cabeza a punto nieve, por favor, no se haga el distraído; se trata de clientes del bar que por enfermedad o edad no pudieron llegar. Tome el panadero con sumo cuidado, sóplelo y permita que los paracaídas (pensamientos) vuelen en busca de nuevos caminantes. Los esquelenses se lo agradeceremos infinitamente.
Fuente: http://www.teladerayon.com

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