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2 feb. 2012

Esquel, entre alerces, tulipanes y huellas galesas

Esquel, entre alerces, tulipanes y huellas galesas 


Los paisajes de la Cordillera, historias del legendario tren La Trochita y la impronta de los pueblos originarios.
PorMARÍA DE LA PAZ GARCÍA ESPECIAL PARA CLARIN 

La meseta va abandonando los amarillos y se viste cada vez más de verde oscuro, el camino toma una leve curva para sortear ese perfecto cerro piramidal y allí aparece Esquel , en este valle rodeado de montañas. La ciudad más importante de la cordillera de Chubut se despliega ante los visitantes con sus opciones turísticas más emblemáticas y, por qué no, también con las menos conocidas.

Creado en 1937 para proteger a uno de los exponentes típicos de la flora andino-patagónica, el alerce o lahuán, el Parque Nacional Los Alerces es un deleite para los sentidos. El área protegida, de 263.000 hectáreas, tiene tres puntos de acceso: la Portada Norte, cerca de Villa Lago Rivadavia; la Portada Centro, a 40 km de Esquel, y la Portada Sur, a la altura de Trevelin.

El parque se destaca por un complejo sistema lacustre, formado por arroyos, ríos y lagos, que se sacan chispas por llevarse el premio al más impactante. El azul intenso del lago Futalaufquen da paso al verde esmeralda del río Arrayanes, luego a ese otro azul indescriptible del lago Menéndez, coronado por el Cerro y el glaciar Torrecillas, y más al norte, el espejado lago Rivadavia.

Sobre el río Arrayanes hay una pasarela que invita a recorrer un sendero interpretativo de 1.500 metros hasta Puerto Chucao, sobre el lago Menéndez. En temporada, desde Chucao parten las embarcaciones que bordean la isla Grande y navegan el Brazo Norte del Menéndez hasta Puerto Sagrario, desde donde los visitantes hacen una caminata de dos horas para conocer la selva valdiviana y su habitante de honor: el alerce “Abuelo”, de unos 2.600 años de antigüedad y 2,20 metros de diámetro.

Asimismo, hay guías especializados que organizan excursiones de trekking al glaciar Torrecillas, con una navegación de unos 40 minutos y un recorrido a pie de 6 km hasta uno de los rincones más hermosos del parque.

También desde Puerto Limonao parten excursiones lacustres que recorren el lago Futalaufquen, el río Arrayanes y el lago Verde y otras que invitan a conocer, hacia el sur, el lago Krügger.

El parque tiene, además, muchas opciones para los amantes del trekking, con una veintena de senderos peatonales. Se destacan el que conduce a Cinco Saltos y que parte de Puerto Bustillo; el que lleva a la laguna Escondida (desde la seccional de guardaparques Arrayanes); y la senda al cerro Alto el Petiso, de 1.790 metros de altura. Todas esas salidas de trekking requieren inscripción previa en el Centro de Informes del Parque Nacional.

Vale mencionar que el Parque Nacional Los Alerces se incorporó al proyecto Huella Andina, un sendero de 540 km señalizado de color celeste y blanco, que une Villa Pehuenia, en Neuquén, con el lago Bagguilt, en Chubut. El objetivo de Huella Andina, que atraviesa cuatro parques nacionales, es fomentar a través del senderismo un turismo sustentable en la zona cordillerana que integra la Reserva de la Biosfera Andino Norpatagónica.

De este modo, en la zona de Los Alerces hay cinco etapas del recorrido de Huella Andina, de distinto nivel de dificultad, que van desde los 11 hasta los 21 kilómetros de distancia.

El parque Los Alerces es también escenario de cabalgatas, canopy, travesías en kayak y excursiones en 4x4 a los Túneles de Hielo, curiosas acumulaciones de nieve que se descongelan de adentro hacia afuera y crean túneles de hasta 100 metros de largo.

Suena el silbato del tren y los pasajeros que no se ubicaron se apuran a subir al vagón que les ha tocado. Tras buscar su asiento numerado, tómese un tiempo para observar cada detalle de este tren construido a escala, respetando la trocha angosta, de sólo 75 centímetros. Por dentro, cada uno de los cuatro vagones que hoy se llenan de turistas está recubierto con madera y tiene una salamandra que suma encanto al viaje.

En esta mañana de sábado, el Viejo Expreso Patagónico “La Trochita” emprende una vez más el recorrido de 19 km hasta Nahuel Pan, la estación más cercana a Esquel. Luego de una curva que deja atrás la ciudad, el paisaje es sólo estepa con ovejas pastando, algunos picos nevados y un cielo bien celeste. Aunque en su época de gloria –entre 1950 y 1970– el tren cubría un trayecto total de 402 km entre Ingeniero Jacobacci y Esquel, hoy se ofrecen sólo dos servicios turísticos: el que va de Esquel a Nahuel Pan y el que une El Maitén con el desvío Ingeniero Bruno Thomae.

Durante el viaje hasta Nahuel Pan, que dura una hora, una guía narra la historia del tren a vapor que hizo su viaje inaugural a Esquel en 1945. Ya en Nahuel Pan, el viento castiga a los pasajeros que se bajan del Viejo Expreso Patagónico para recorrer la feria artesanal o comprar tortas fritas. La parada dura el tiempo que se toma la maniobra de dar vuelta la locomotora para emprender el regreso por la misma vía. Entonces, suena el silbato.

La ruta 259 conduce hasta Trevelin (“El pueblo del molino”, en galés) a 25 kilómetros de Esquel. Su curiosa plaza octogonal recibe a los visitantes que se irán empapando poco a poco con el enorme legado que los primeros colonos galeses le aportaron a Chubut y, en particular, a esta zona.

Un primer contacto obligado con Trevelin es el molino-museo Nant Fach, cuyo constructor, Mervyn Evans, es bisnieto del pionero Thomas Dalar Evans, quien se instaló en ese valle en 1894. Frente al imponente cerro Gorsedd y Cwmwl (Trono de las Nubes), Mervyn relata el apogeo de los molinos harineros que proliferaron en ese valle y que hicieron del trigo chubutense un emblema de calidad, premiado con varias medallas internacionales, y resume, con ironía y humor, las decisiones políticas y económicas que definieron su ocaso.

Para mantener viva la historia, Mervyn diseñó y construyó el molino harinero que abrió al público en 1996: su rueda gira impulsada por el agua de un arroyito y las muelas hacen lo propio para producir harina integral, harina 3 ceros, 2 ceros, sémola y salvado.

La siguiente parada es en las cascadas Nant y Fall, área natural protegida que permite maravillarse con los saltos La Petisa, Las Mellizas y La Larga. El paseo se hace por un bosque en el que predominan cipreses, coihues y maitenes, y culmina con algún águila sobrevolando la escena, en un gigantesco cañadón y un salto de agua de más de 60 metros.

En Trevelin también se cultivan bulbos de tulipán: tener el privilegio de ver esas hileras bien demarcadas de flores amarillas, violetas, rosas, anaranjadas y blancas, con los cerros nevados de fondo y el valle verde alrededor es, simplemente, impagable.

Nada mejor que terminar la visita al “Pueblo del Molino” degustando tortas galesas en la Casa de Té “La Mutisia”, con dulces caseros de ruibarbo, frutillas, crema, limón y otras delicias.

Sobre la emblemática ruta 40 y 90 km al norte de Esquel, el Museo Leleque se presenta como un proyecto científico-cultural que reúne la colección arqueológica del pionero patagónico Pablo Korschenewski. En un predio que hoy pertenece a una de las estancias del Grupo Benetton y a lo largo de cuatro salas, el museo repasa la vida cotidiana de los pueblos originarios, la intromisión del “Hombre blanco”, sus trágicas consecuencias y la llegada de los inmigrantes a la Patagonia.

En enero y febrero, el Museo Leleque abre de 11 a 19 (está cerrado los miércoles) y además del material expuesto, los visitantes podrán conocer el almacén de ramos generales ambientado como antaño. Ese lugar, parada obligada de los viajeros, se transformó en fonda en 1932, cuando allí vivían Lorenzo de la Vega y su esposa, Pilar Iriarte. El comerciante libanés Habib Sarquis compró el predio en 1946 y fue el responsable de los edificios que hoy se conservan. Leleque fue, además, una de las estaciones de La Trochita: las vías pueden verse pocos metros detrás del museo.

Entre los destacados de la muestra está el cuaderno de Santiago Giorgi, primer maestro y director de escuela de Huahuel Niyeu (hoy Ing. Jacobacci) y la letra del tango pionero “Pobre de mí”, nacido en El Bolsón de la inspiración de Héctor Lonné y Mario Guasco.

Con sus botas de gaucho y su sombrero de cuero, Héctor termina de ensillar los caballos y define cuál le toca a cada uno, aunque, aclara, “son todos mansos”. El baqueano, nacido y criado en estos valles, organiza cabalgatas “a elección” de los turistas, y por eso los recorridos, que parten de la chacra Los Alamos, a 7 km de Esquel, pueden durar desde una hora hasta seis días.

Pueden hacerse, por ejemplo, cabalgatas de medio día hasta la laguna Los Flamencos –asado incluido–; de día completo hasta el cerro Nahuel Pan; de dos días hasta el río Percey; o de cinco noches hasta Cholila, acampando en distintos valles y escuchando las historias legendarias de Butch Cassidy y Sundance Kid, los ladrones estadounidenses que vivieron en esa zona a principios del siglo XX.

Cae la tarde mientras los caballos atraviesan una forestación de coníferas, a medida que emprenden el regreso a la chacra. Una vez allí, en un galpón atiborrado de objetos antiguos, Héctor cebará mates y desplegará sus imperdibles anécdotas.

Las imágenes del paisaje cordillerano a ambos lados de la ruta se mezclan con las anteriores, las del Parque Nacional Los Alerces, las de La Trochita, las de Trevelin. Y todo lleva a una inequívoca conclusión: este es, sin dudas, uno de los rincones más hermosos de la Patagonia.

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