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14 nov. 2011

Mi cuerpo Interior . Por Guerrera de la luz (2)


Fue un día de febrero, Aniversario de la Ciudad. Tenía muchas ganas de ir, pero no sé... siempre mi timidez me vencía, es la que manda más que yo... ella es mi dueña y señora, lamentablemente para mí que soy la única que sufre esa "falta de libertad". Deseo ir a tantos lugares... pero esta vez me decidí y fuí.
La ciudad se veía tan bella adornada, la gente tan feliz con los preparativos... Hubiera sido terrible para mí y mi "sentido de culpa" (el que siempre tengo y sin saber el porqué) no concurrir...
Rápidamente, sin pensarlo una vez más... me preparo mentalmente. Y también preparo mi cuerpo exterior y lo visto con mis mejores ropas y los colores mas alegres para estar a tono con el festejo y la actitud de la gente...
Maquillada, perfumadita, cámara en mano y mi computadora portátil en la otra. Todos saben cuál es mi trabajo, en casa generalmente, donde reino yo y sin gente. Debo estar siempre preparada para la ocasión.
Y ahí fui, sintiéndome una diosa, pisando tierra firme y con seguridad.
.Gente por aquí, gente por allá...  iban y venían, de todos los tamaños y edades. Unos caminaban lentamente observando cada detalle del festejo, los más pequeños corrían tras las carrozas de los inmigrantes, otros recorrían en los stands de la ferias artesanales, y los más jovenes se acomodaban plácidamente en el césped para escuchar a los artistas que venían de las ciudades cercanas.
La ciudad estaba de fiesta y casi  nadie quedó en su casa. Y yo allí... ¡deslumbrada! ¡feliz!.
Y lo vi, lo reconocí entre tantas personas. Era él, lo sentía, estaba segura. "El que buscaba y esperaba". El que presentía y sentía en la distancia.
Estaba como perdido entre cientos de almas, y sin embargo se destacaba,  no por algo  común sino por su torpeza entre todos ellos. Caía y se levantaba, parecía mareado como si estuviese alcoholizado ya que se tambaleaba de un costado hacia otro de la calle. Y volvía a caer y se levantaba... Pero su brillo no se opacaba , ni aún caído en el suelo.
No pude ver su mirada. Me hubiese gustado verle el Alma, pero caminaba cabizbajo. Me pareció triste, ¡y cómo no estarlo si nadie ni siquiera se disculpaba con él!
No podía concentrarme en nada que no fuese él. Tampoco  podía sacar mi vista de la suya cuando simulé cerca de él agacharme y atarme el cordón de la zapatilla para verle los ojos del Alma.
 Pensé que tendría alguna dificultad motriz o alguna otra discapacidad. No me atrevía a acercarme mucho. Quizás no quería compartir su problema conmigo, lo que sería lo más lógico.
Una pena enorme invadió mi cuerpo interior. Sentí que algo no estaba bien en él. Los niños lo llevaban por delante, los mayores lo empujaban, los de las carrozas casi lo atropellaban, y entonces sí que corrí hacia él y lo saqué del peligro que lo acosaba constantemente.
Pensé que se enojaría conmigo por meterme en su vida pero no fue así, afortunadamente.
Le pregunté si estaba bien, si le dolía algo. Es que mi empujón fue grande y temí golpearlo, se veía tan frágil,  tantos golpes de los demás y ahora sumado el mio...  me asusté mucho por él.
No me respondió, sólo me miró. ¡Por fin! Su mirada llegó a la mía de tal forma que me di cuenta de que era él.
-¿Tu nombre, amigo?
-Cestrum - me respondió.
Nunca lo había escuchado pero sonaba a más misterio que él mismo. Creo que iba con su personalidad.
Le pregunté si tenía algún problema, porque todos lo llevaban por delante y ni siquiera le pedían perdón.
Me contó que ya estaba acostumbrado a esas situaciones, que no le dolían, que siempre se reincorporaba y volvía a su lugar.
Yo no comprendía nada, pero la paz que transmitía me dio eso: paz.
Me agradeció mi gentileza y continuó recorriendo el predio a "los tumbos". Lo seguí para saber en qué terminaría su día. Ya me sentía un poco responsable de él por salvarlo una vez de ser atropellado por la carroza. No dejo de reconocer que él me ayudó a mí porque para ese momento ya me había olvidado de mi timidez y de la cantidad gente por la que me veía rodeada.
Me acerqué de a poco, caminé lentamente a su lado, lo vi pararse y colocarse una mano sobre su frente como buscando algo. Vi que cruzaba la calle rápidamente sin ver unos gauchos a caballo que venían marchando hacia al predio para su desfile ante las autoridades.
Lo que buscaba Cestrum era  un árbol donde recostarse y ahi quedó placidamente y solo.
Juro que no pude más y ahí fui, a sentarme  a su lado. Y directamente le dije lo que pensaba de él, lo que sentía en realidad de lo que yo creía que era él en mi vida. El que "buscaba y esperaba", el que "presentía y sentía en la distancia". El distinto pero parecido a mi. Y le hablé sobre mi cuerpo interior. Él me comprendería, no se reiría de mi. Era como hablar con un igual.
-Mi nombre es Cestrum, mi apellido Noctucmun  - me dijo con una voz muy tenue, casi sin fuerzas. Desde ya que ni una sola palabra salia de mi boca. Una vez que logré que hablase, no quería interrumpirlo con mis supuestas "locuras"o" intolerancias  premestruales".
Me contó que yo sí comprendería el porqué de su comportamiento, y más aún el de la gente. Que todo tenía una explicación para mí solamente, para LA QUE LO VEÍA.
Se presentó con una caballerosidad impecable, erguido, su mirada sobre mi mirada como la esperaba y con su nombre y apellido completo con orgullo y voz firme como tarjeta de presentación.
-Soy Cestrum Noctucmun, "EL GALÁN DE LA NOCHE". Yo soy el que "buscabas y esperabas", el que "presentías y sentías en la distancia". El distinto pero parecido a ti.
Petrificada sería poco para decir lo que sentí que le ocurrió a mi cuerpo interior. Mucho fuego a la vez, que me quemaba por dentro y por fuera todo mi ser.
Me imagino la cara de asombro de todos los que hubiesen querido hacerle tantas preguntas... si supiesen de este encuentro con aquél del que me hubiese gustado contarles que sentía, ese otro como yo.. DISTINTO a los demás y que aquí estaba.
Su voz era inigualable. Con un tono suave, una voz que juro que enamoraría a cualquiera que pasase cerca de él y lo escuchase. Perfumaba al hablar y mis ropas se llenaron de él... ¡dulcísimo! Tan clara, tan serena que parecía retumbar en la oscuridad de la noche estrellada.
No me haba dado cuenta que entre tanto ir y venir con el amigo misterioso ya habían terminado los festejos y la ciudad quedó en un total y profundo silencio. Y él continuaba el relato.

¿Continuará?
¡Por supuesto que sí!

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