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20 jul. 2011

"El sol volvió en El Maitén" por Nelson Avalos en Puerta Esquel


La invitación decía El Maitén 14 de junio de 2011. Marimari pu peñi. Marimari pu lamuen. Marimari pu weny ka pu kompan. Tren Tren y Kay Kay están en disputa… ¿Volverá el equilibrio a la naturaleza? ¿Tren Tren encorvará su lomo nuevamente para que el “che” (hombre y mujer) tenga otra oportunidad? ¿Antiguos pu Pillán (fuerzas del volcán) apaciguarán sus iras? ¿Los pu Newen* seguirán respondiéndonos a nuestras manifestaciones? La enviaba Mauro Millán, Werken de la Comunidad Mapuche Vuelta del Río y miembro del colectivo de la FM Petü Mogeleiñ.

El convite era para el día 20, para esperar el amanecer del 21, para esperar el solsticio y el advenimiento del We Tripantü, según la expresión en mapuzungun, el idioma de los mapuche.

Este 20 y 21 de junio celebramos al Antü ( Sol) y su perpetuo regreso. Realizaremos la ceremonia del Wiñoy Tripantu, a las afueras de El Maitén y a orillas de nuestro río Chubut. Invitamos a todos nuestros hermanos y hermanas mapuches, a nuestros amigos y compañeros a ser parte de este momento.

Había que ir. Lo decidimos con Norma, compañera de militancia y de algunas cosas de la vida.

Me “froté las manos” ante la oportunidad de una nota casi exclusiva sobre el tema del “año nuevo mapuche”, como comúnmente – y mal – se conoce el acontecimiento.

El ser parte de la Red de Radios Campesinas, corresponsal de la FM Alas, de la Cabina Radiofónica de El Pedregoso, amigo, en fin, de la gente de El Maitén que organizaba, me ponía en una situación privilegiada: podría ir, ver, escuchar, grabar entrevistas y luego volcar todo en despachos radiales y notas gráficas. Una oportunidad para sumar “puntaje” a mi condición de comunicador social, si se quiere.

Para los mapuche, es imposible no relacionar la erupción del cordón El Caulle con el relato mítico de Tren Tren y Kay Kay. El ciclo finaliza de una manera muy especial, decía Mauro en una entrevista publicada por Adrián Moyano.

Eran días de cenizas e incertidumbre. “¿Qué hará ahora el Puyehue?”, creo que era la pregunta más común en cada habitante de esta parte del mundo.

¿Tren Tren y Kay Kay luchando allí, en las entrañas del volcán, mientras me aprestaba a viajar los 40 y pico de kilómetros que me separan del lugar de la cita? Otro ingrediente para mi exclusiva.

Viajamos. Decidimos con Norma, la Gallega, llevar al Wenuy, mi perro amigo que aún no cumple un año. Fuimos, los tres, admirando esa maravilla de paisaje que se ve en el tránsito entre la cordillera y la meseta.

Llegamos y hacía frío. Y allí estaban. Había dos fogatas y ellos, los paisanos, estaban allí. Y otras gentes, llegadas desde Esquel, desde El Hoyo, desde Golondrinas.

Desde Trelew también. Abracé a Horacio y al Pepe, el Dúo La Chuza. Allí estaban. Respondían a la invitación que circuló por Internet. Convocatoria cibernética a revivir una costumbre milenaria, un hecho ancestral e inexplicable, como sería mi conclusión después de vivirlo.

Se viene la celebración del Wiñoy Tripantü en El Maitén, titulaba Adrián. “Los pueblos originarios decimos que la Tierra se expresa”, decía el subtítulo.

Hacía frío. Hizo frío todo el tiempo. La Tierra – la Mapu, la Ñuke, la Madre Tierra - estaba muy lejos del Sol. Tan lejos que ese era el momento de retornar a él. Ese acontecimiento cósmico nos reunía en un humilde lugar a un par de kilómetros de El Maitén. ¿El objeto de ese trawn *? Esperar el retorno del “astro rey”. Esperar la vuelta del Sol, el nuevo ciclo de la vida. El Wiñoy Tripantü.

El río Chubut está allí nomás y allí nosotros, siempre cerquita de alguna de las dos fogatas que los peñi * han encendido. Frente a una de ellas, ocho cañas clavadas en fila; en dos de ellas, la bandera del pueblo mapuche tehuelche. Contra las cañas, una trutruka, un kultrún, los instrumentos que serán centro del llamado a las fuerzas de la Mapu. A los pu newen de la tierra, para que nos ayuden.

La lógica occidental, motorizada por el mercantilismo o el capitalismo, jamás va a entender este tipo de reflexión que hacen los pueblos originarios, cuando decimos que la Tierra se expresa y se está expresando de esta manera, con todas las consecuencias que trae aparejada esta expresión. Nosotros tenemos la responsabilidad de responder a este llamado que hace la naturaleza…

No podíamos faltar, luego de leer esa definición política, clara, sin fisuras.

¿Entenderán alguna vez el poder, los empresarios, los políticos, empleados de aquellos, lo que significa? ¿Habrá que explicarles mejor la profunda reflexión filosófica de esas palabras del Werken? Su toma de partido frente al “desarrollo”; su propuesta implícita de un mundo mejor, es decir, sin capitalismo ¿Habrá que decírselos más claramente? ¿Cuál sería el lenguaje? ¿Alcanzan las palabras “en castilla”? Las del mapuzungun ya sabemos que no. Las ignoran desde siempre los señores del dinero y el egoísmo.

Yo llevaba una pifülka. Me la regaló hace un tiempo el Toño Mera, poeta venido de Ngulü Mapu, desde el lado oeste de la cordillera. Me la había regalado en un encuentro en Villalonga. “Te la quiero regalar a ti – dijo – porque se que no quedará colgada en una pared”. Le prometí que eso no sucedería, y por eso la llevé.

En un momento de la noche fría, Mauro llamó a “purruquear”. Yo me apresté a observar a fin de escribir la mejor nota sobre el año nuevo mapuche.

Unos sones de la trutruka ejecutados por el Werken, y los paisanos que se acercan al rewe, a las cañas clavadas frente a la fogata. ¿Es el frío o qué es lo que me pone la piel de gallina? Bajo el frío indescriptible comienzan a girar en torno al altar de tierra y cañas. Suenan pifülkas, kultrún y trutruka. Cada tanto, un grito colectivo y manos alzadas hacia el cielo. En un momento, estoy a punto de llorar. Recuerdo un escrito de Liliana Ancalao: “sentir ganas de llorar...”.

Durante el descaso, en derredor de la fogata, la charla. Simple, profunda. Allí, en el centro del Universo, donde está ese rewe sencillo, en medio del frío implacable, veinte, treinta seres humanos reflexionan sobre lo que pasa en el mundo. “¿Por qué está pasando lo del volcán?”, pregunta Segunda Huenchunao. Por algo es…, concluimos.

Celestino Ñancufil, otro Werken de la Comunidad, explica, va de grupo en grupo, de fogata en fogata. Ahora son tres los fuegos y él afirma: “el agua para el muday no tiene que ser de la canilla. Esa ya está bautizada por el winka…”.

Celestino será, junto a Mauro Millán, quien conducirá la ceremonia principal, en la madrugada, dentro de unas horas… si sobrevivimos a aquella helada feroz.

Frío. Un frío que no se puede describir. No con nuestras pobrecitas palabras. Eso fue la noche, el descanso para afrontar el día de la celebración. Creo que nadie, nadie durmió allí, junto al campo de doma de El Maitén, donde se hizo la celebración. Nosotros creímos que en el R 12 y con varias frazadas y acolchados y bolsas de dormir lograríamos pasar medianamente tibios esas horas. No fue así. El frío se encargó de helarnos hasta los sueños. Creo que ni el perrito pudo pegar un ojo, y eso que estaba dentro del auto.

Como a las seis de la mañana oigo risas… ¿Risas a esta hora, con este frío? Eran Raiñ y su compañera. Cómo pueden reír en estas condiciones… Pero allí estaban cuando nos levantamos. Junto a la fogata, haciendo bromas.

Unos mates…, alguna conversa, y llegó el momento esperado.

Creo que fue en ese momento que pasó el Werken por donde yo estaba: “Mauro… mirá lo que tengo…” Le extendí la pifülka, la miró, le conté cómo había llegado a mis manos, la sopló, dijo que tenía un sonido lindo. Y dijo “tocala… no hay muchas pifülkas hoy…”.

¿Qué significaba “tocala”? Mi idea era – recordemos – ir, ver, escuchar, grabar, volver y hacer informes y escribir notas. Me quedé con aquel silbato de madera de canelo, traído de Temuco por el Toño, sin saber qué hacer. Hasta que Millán tomó la trutruka, la hizo sonar, y llamó a todos. “Pu peñi, pu lamguen, pu weni, vengan, vamos a comenzar la ceremonia”.

Me acerqué y Segunda me preguntó ¿usted tiene yerba? “No”. Me da yerba y me indican que tengo que echarla en un balde donde se junta la yerba de todos y el muday *.

Estoy en la marcha circular, alrededor del rewe, tocando la pifülka. Painepán hace lo mismo. Painepán… que llegó a la noche, pequeño, enfundado en su poncho marrón. ¿De dónde vino? ¿Cómo soportó el frío Painepán, que ahora no deja de soplar su pifülka? Celestino toca el kultrún… Mauro, desde un costado, no deja de soplar la trutruka.

La marcha, en sentido contrario al de las agujas del reloj, da cuatro vueltas. Yo trato de familiarizarme con un instrumento que no conozco (nunca toqué instrumentos de viento) y en la vorágine me pregunto ¿qué hago acá? ¿qué estoy haciendo?

Paramos. “Busquen un manojo de pasto”, dicen los que conducen. Busco y arranco de la tierra un puñado de pasto helado. Me dan un vasito de plástico con muday. “Arrodillados”, dice Mauro. Imito a los demás. Meto el pasto en el vaso y salpico el contenido hacia las cañas, hacia el rewe, hacia la Ñuke Mapu… Hay palabras, como rezos, en mapuzungun.

Cuatro vueltas y el conductor de la ceremonia dice “ahora purruf…”. Cuatro vueltas más. Los que saben, hacen un paso que no puedo seguir. “Le falta agua”, dice Mauro cuando el silbato lanza un sonido vacilante.

Descanso. Palabras. Luis Millán dice: “Me sentía débil. Hace mucho que no hacíamos una rogativa…”. El padre de Mauro dice que esa actividad, que ese ritual, le da a él y a su pueblo la fortaleza para enfrentar cualquier cosa.

Me pregunto, íntimamente, por la “lógica occidental” que decía su hijo en la entrevista. ¿Será posible la convivencia entre esa y esta lógica? ¿Entenderá aquella que el volcán de los espíritus no habla en vano?

“Pülle hue”, dijo el Werken la noche anterior. Lugar de espíritus.

Sigo en la marcha circular. La pifülka suena mejor. He logrado, en parte, entender su newen. Y ella el mío, parece. Pierdo la cuenta de las vueltas alrededor del rewe, del lugar en donde están los espíritus de los ancestros. ¿Estarán allí los de mis ancestros? El de mi abuela que me hacía mote con leche, hilaba a la manera paisana y llegó cuando nacía el siglo veinte desde Ngulü Mapu ¿estará allí?

Creo que Donatila Belmar, madre de mi padre, sí está allí. Toco la pifülka para ella. Grito. Logro vencer el nudo en la garganta y grito. Una, dos, muchas veces lanzo el grito ceremonial, las manos extendidas hacia el este. Grito, saludo al padre sol junto a mis hermanos. Grito con alegría y emoción. Cuatro gritos cada vez.

Pasaron quince días y todavía no logro explicar por qué lo hice. Por qué o cómo vencí mi timidez, mi forma de ser “racional”, mi objetivo de sólo ir a ver para contar ¿Cómo hice para gritar así? Cómo logré marchar y tocar esa pifülka que me obsequiara Antonio Mera.

Volvimos. El frío no se había ido, pero en mi corazón había un color calor distinto. Soñé alguna vez con la danza circular. Y hasta hoy no había podido cronicar la vivencia. No sé si pude hacerlo. Creo que no. Ya dije que son pobres nuestras palabritas.

Sólo espero el momento del próximo llamado. Que alguna trutruka lance su grito de tierra y me llame al rewe. Tengo que estar de nuevo en ese círculo, girando junto a la madre tierra. Tengo que volver, para no “quedar rengo”. Para que sea par. Como debe ser.

Nelson Ávalos

* (Llamadas):
Tren Tren y Kay Kay: serpientes míticas. Kay Kay quería destruir a los antiguos mapuche por orden de Peripillán, espíritu de las profundidades de la Mapu (Tierra). Cuando ya casi lo conseguía apareció Tren Tren, hija de Antü, el Sol, a salvar a la gente del exterminio. La batalla produjo inundaciones y terremotos durante mucho tiempo. La lucha parecía no tener fin. Sólo enviando a un werken (mensajero) se podría aplacar la furia de los newen de la tierra, y ayudar a Tren Tren. Aquellos estaban enojados con los mapuche porque estos no habían cuidado bien a la Mapu. El Werken fue una doncella (malen) que sacrificó su vida cayendo a un volcán en el que habitaba el Peripillán. Sólo así terminó la gran pelea. Para los mapuche es el mito fundacional de una nueva vida.
newen: fuerza
trawn: reunión
peñi: hermano
muday: bebida ceremonial

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